Romina Figueroa, directora del Museo Regional: “El archivo no es depósito, es infraestructura para el pensamiento público”
La consolidación del trabajo archivístico en el Museo Regional de Atacama suma un nuevo hito: “Estamos muy contentos de anunciar la adjudicación de un fondo para el ‘Registro, documentación y gestión digital del Fondo Adige Bassi del Museo Regional de Atacama’, que ejecutaremos durante el segundo semestre de 2026. El proyecto contempla cerca de 679 objetos digitales en formato maestro y en formato SURDOC, 136 fichas de registro manuales, copias de seguridad verificadas, un informe técnico paso a paso y un manual metodológico que dejará capacidad instalada para futuras digitalizaciones. La colección quedará disponible para consulta pública en SURDOC-Fotografía (fotografia.surdoc.cl)”, informaron desde la institución.
El anuncio se inscribe en un proceso que el museo ha desarrollado en torno a la organización y conservación de sus colecciones documentales, en paralelo a la activación de espacios como la Biblioteca Patrimonial Delia Rojas Garcés.
Desde fondos notariales del siglo XIX hasta archivos judiciales, colecciones fotográficas inéditas y registros institucionales, el acervo del museo evidencia una diversidad de fuentes que permiten reconstruir Atacama más allá de los relatos tradicionales. En esta entrevista, la directora del Museo Regional de Atacama, Romina Figueroa, profundiza en los desafíos de proyectar el archivo como una plataforma activa de conocimiento, donde investigación, conservación y mediación se articulan para ampliar el acceso y fortalecer la construcción de memoria desde el territorio.

En el Museo Regional de Atacama, ¿qué rol cumple el trabajo de archivo dentro de la construcción del relato regional más allá de las piezas en exhibición?
El archivo es la trastienda donde se construye el relato. Lo que el público ve en la sala es la punta visible; el archivo es donde ese relato se verifica, se contextualiza y se puede volver a interpretar. Una pieza sin documento es estética sin sustento: es el archivo el que nos permite pasar del objeto a la historia, y sobre todo el que mantiene el relato vivo, porque cada generación de investigadores puede volver a la fuente y leerla distinto. En un museo regional eso es decisivo: nos permite narrar Atacama desde sus propias fuentes y no desde miradas externas.
Cuando hablamos de acervo documental del museo, ¿qué tipo de materiales lo componen y por qué son clave para entender la historia de Atacama?
Es un acervo más diverso de lo que se imagina. Tenemos fondos fotográficos —entre ellos el Archivo Adige Bassi— y nuestras propias diapositivas institucionales, una memoria visual de la década del setenta con registros inéditos. Hay fondos notariales como el de Agapito Vallejos, principal notario de Copiapó del siglo XIX, que llevaba las cuentas de los grandes empresarios de la época y se vincula directamente al registro de la mina de Chañarcillo. Sumamos un valioso conjunto de archivos judiciales y carcelarios de Copiapó: libros de cárcel desde 1860, filiaciones de reos con sus delitos, procedencias y escolaridad, correspondencia con la Dirección General de Prisiones y, muy notablemente, registros de presos políticos durante la guerra civil de 1891. A eso se suman la correspondencia de la Sociedad de Artesanos, que revela sus redes con Chañaral y Talca; registros del Liceo de Niñas de fines del siglo XIX; y cerca de cuarenta fuentes primarias de las expediciones científicas de 1850, incluida la hidrología y los cursos de agua de Francisco San Román, memorias de intendencia y ordenanzas de subdivisión territorial. Son clave porque permiten reconstruir Atacama completa: no solo la minera, también la judicial, la educativa, la asociativa y la científica.
Recientemente firmaron una alianza con la Corporación para la Investigación y Avance de la Paleontología e Historia Natural de Atacama (CIAHN-Atacama). Desde su experiencia como ex Seremi de Ciencia, ¿cómo dialogan estos archivos con las colecciones arqueológicas, históricas o paleontológicas que resguarda el museo? ¿Cómo se cruza hoy la investigación científica con el trabajo patrimonial que desarrolla el museo
Esta alianza formaliza un diálogo que en Atacama es casi natural. Lo aprendí de manera muy concreta en el Museo Paleontológico de Caldera: los sedimentos de Atacama son, literalmente, un archivo de la vida en la Tierra. Pero ese archivo no se lee solo. Para que esas capas se vuelvan memoria se necesita investigación científica, ordenamiento y gestión. Sin la ciencia, nuestro patrimonio paleontológico sería apenas un conjunto de rocas; es gracias a la ciencia que esas rocas cobran valor como patrimonio y como memoria de la Tierra. Y eso es exactamente lo que hacemos con un documento de papel: sin investigación y catalogación es solo papel; con ellas, es fuente. La alianza con CIAHN responde a esa misma lógica, y no es la única: trabajamos también con la Universidad de Atacama, con observatorios y con proyectos FONDECYT que se desarrollan en el territorio. Una señal clara de esa línea entre ciencia y patrimonio es que Copiapó será sede del próximo Congreso Nacional de Arqueología. El patrimonio no es un compartimento separado de la ciencia: es la misma pregunta por el territorio hecha desde archivos distintos el de piedra y el de papel.
La colección de la Biblioteca Patrimonial Delia Garcés genera alta expectativa. ¿Qué tipo de espacio será y qué lugar ocupará dentro del museo?
La Biblioteca Patrimonial y Especializada Delia Rojas Garcés ya está activa y recibiendo público. De hecho, alberga iniciativas como el taller de escritura El Chañar. Más que un espacio por inaugurar, es un espacio que ya está funcionando y creciendo. Es una biblioteca patrimonial, lo que significa que resguarda fondos documentales muchas veces inéditos y los pone a disposición de investigadores. Lo que está en pleno curso y es un trabajo que no se ve pero es el corazón de una biblioteca patrimonial, es el procesamiento técnico de sus colecciones: catalogación, clasificación y organización de abundantes fondos bibliográficos que no habían sido ordenados, acompañado de la conservación preventiva que esos materiales requieren.
¿Cómo proyectan que esta biblioteca aporte a la investigación regional y al trabajo de estudiantes, tesistas o investigadores?
Viene a llenar un vacío real: hoy buena parte de las fuentes primarias de la región está dispersa o es de difícil acceso. La biblioteca será un punto de encuentro para tesistas, investigadores y profesores, y un complemento al acceso digital que ya estamos abriendo vía SURDOC. Y habilita cruces que hoy casi nadie ha hecho: por ejemplo, los certificados de acciones del Liceo de Niñas pueden contrastarse con la lista de accionistas del archivo municipal. Ese tipo de investigación de cruce de fuentes locales, es exactamente lo que un repositorio regional permite y que de otro modo no ocurre.
¿Qué tipo de conocimiento nuevo puede surgir desde los archivos y colecciones del museo que hoy todavía no está suficientemente explorado?
Mucho, y es lo que más me entusiasma. Hay fondos recién trabajados que prácticamente no han sido estudiados: las diapositivas de los años setenta, con registros inéditos; los archivos judiciales y carcelarios, que abren toda una historia social del delito, la marginalidad y hasta de la represión política en 1891, leída desde las filiaciones y los libros de cárcel; la correspondencia de la Sociedad de Artesanos, que ilumina la asociatividad obrera y sus redes interregionales; o el fondo Vallejos, que permite leer la economía de Chañarcillo desde la contabilidad notarial. Son historias de la vida cotidiana, de las redes, de la justicia y de la economía que la gran narrativa minera suele dejar fuera. Es una invitación abierta a la academia.
Los archivos suelen percibirse como espacios especializados. ¿Cómo se traducen estos contenidos en experiencias de mediación accesibles para la comunidad?
El archivo se activa cuando se traduce a experiencia. Mediar no es simplificar: es construir puentes. Un buen ejemplo es nuestra actividad de Relatos Patrimoniales, donde declamamos a autores clásicos primero en su idioma original y luego en español, acompañados de una clavinova con obras musicales de la época. Ahí un documento se vuelve algo sensorial y emocional, y el público entra al archivo sin necesidad de ser especialista. Hemos trabajado un marco propio de mediación en espacios museales justamente para eso: que el rigor documental conviva con experiencias en las que cualquier persona pueda reconocerse.
¿Por qué es importante que una región como Atacama no solo conserve su memoria, sino que la active a través de espacios como el museo, sus archivos y su futura biblioteca?
Porque conservar sin activar es congelar. La memoria activa construye identidad, pertenencia y pensamiento crítico; es materia prima de ciudadanía. Y hay algo específicamente regional: Atacama ha sido narrada muchas veces desde afuera, sobre todo desde una mirada extractiva. Activar su memoria es recuperar la capacidad de narrarse a sí misma. Por eso entiendo el museo, sus archivos y la biblioteca como una infraestructura para el pensamiento público, un lugar de hospitalidad intelectual, y no solo como un depósito. Eso, además, es descentralización cultural concreta: investigación de primer nivel hecha desde la región y no traída desde la capital.

