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Palabras que sobran y faltan en esta elección

Por Luis Soto Rogel Magister en Educación, ONG Millenium Atacama

 Me habría gustado llegar a este proceso eleccionario con ideas más claras respecto de las propuestas de los candidatos para los grandes temas país, en especial los referidos a educación. En este punto, en los programas de ambos candidatos, hay claramente una insistencia en recalcar planteamientos generales más que esclarecer, con fundamento técnico y profundidad argumentativa, una política educacional de largo plazo que nos haga desplazar los adiestramientos y alcanzar realmente una posición que culmine a través de los años, en que seamos una población educada en el sentido más amplio del término, y en lo que debe estar incluido lo técnico, lo científico, lo cultural y, sobre todo, transversalmente, una inquebrantable valoración ética de respeto por la vida. Lo único concluyente es que en educación, los programas de los candidatos entregan visiones que están atrincheradas en fortalezas ideológicas situadas en las antípodas una de la otra: prevalencia de la sociedad civil simbolizada en la familia y los gestores de educación privados, mientras en el otro lado, la preponderancia de lo estatal como garantía del derecho universal a la educación.                

Los debates presidenciales, que son una segunda opción para entender un poco más en detalle las propuestas de los candidatos, se tradujeron en su punto más alto, en un continuo dime y diretes, dichos y entredichos, en que en el momento más impensado estallaba la acusación que apuntaba al descrédito del oponente. Esos momentos de histrionismo hacían que surgieran, como un látigo, palabras de intencionada ambigüedad. Paradojalmente esos episodios eran los que al término de los debates concentraban los comentarios y los mayores esfuerzos para festinar lo que se dijo o lo que se quiso decir. Luego, las correcciones a medias y las disculpas entre dientes, daban el aire para retomar nuevos ataques. En definitiva, menos todavía esa segunda instancia dio luces sobre lo que los  programas no profundizaban. Hay que reconocer que tal vez, era mucho pedir en estos tiempos que corren y lo que sucede es que lo que realmente queríamos, no era la concisión aclaratoria de las expresiones programáticas o de las intervenciones orales en los debates.

Tal vez y en realidad, nosotros, los de entonces, añoramos esos discursos políticos de antaño, de verdaderos tribunos, que con lenguaje bien estructurado de frases extensas, bien hilvanadas con pertinencia prosódica y con profundidad de contenidos, exponían a veces, hasta con cuidadas ironías pero con respeto. Lo más probable es que al decir esto, nos retrucarán diciendo que nos envolvían igual y que solo lo hacían con más retórica. La historia da algo de razón a ese punto de vista.

Esta última disquisición sobre el florido lenguaje, nos recuerda la narración de Gabriel García Márquez, cuando el poderoso y omnipotente personaje “la Mamá Grande”, en su lecho de moribunda “se irguió sobre sus nalgas monumentales y con voz dominante, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible constituido por la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de belleza, los discursos trascendentales, las grandes manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la moral cristiana, el derecho de asilo, el peligro comunista, las tradiciones republicanas, los mensajes de adhesión…”.

Esta enumeración, que es hasta donde pudo llegar el referido personaje antes de morir, perfectamente podríamos apropiárnosla como parte de nuestro patrimonio invisible al cual tal vez, siguiendo la broma, podríamos agregarle otras particularidades como “la Inglaterra de Sudamérica, el ingenio del chileno, el saludo a la bandera, etc.”.

Se dice que el lenguaje crea realidades, confiemos que después del evento electoral surgirá espontánea la declaración del perdedor diciendo públicamente algo parecido a “saludo y felicito a mi contendor deseándole lo mejor a su gobierno por el bien de Chile”. ¿Será mucho pedir? .

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