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La justicia que no llega: El dolor de una madre tras la tragedia de Alan

En las calles de Copiapó, el nombre de Alan Rose resuena hoy como un eco de lo que pudo ser y no fue. Alan, un joven trabajador, reconocido en la comunidad no solo por su esfuerzo en la feria, sino por su generosidad al compartir su mercadería con los adultos mayores, tenía sueños, metas y una vida por delante. Su madre, Esther Neira, camina hoy por esas mismas calles con una herida que, lejos de sanar, se profundiza cada día frente a la impunidad.

 

«A mi hijo lo dejaron botado como un perro», relata Esther, con la voz quebrada por un dolor que no encuentra sosiego. Aquel atropello, que le arrebató la vida a Alan, se convirtió también en el inicio de una pesadilla burocrática y emocional para su familia. Según el desgarrador relato de su madre, tras el impacto, el responsable no solo huyó, sino que, en un acto que desafía la humanidad, regresó para revisar su vehículo mientras Alan yacía herido en el pavimento.Un camino marcado por la negligencia

 

El dolor de la pérdida se vio agravado por lo que Esther define como un sistema que «defiende al delincuente y no a la víctima». La investigación, según la madre, estuvo plagada de irregularidades desde el primer momento: cámaras de seguridad cortadas, testigos clave que cambiaron su versión tras presuntas amenazas y una fiscalía que, según denuncia, ocultó información vital durante el proceso judicial.

 

«Mi hijo fue un muchacho que dos veces le ha fallado la justicia», sostiene Esther, aludiendo no solo a la falta de respuestas tras su muerte, sino a un pasado donde Alan ya había sido víctima de una agresión sin consecuencias para sus agresores. La lucha de esta madre por encontrar justicia ha tenido un costo personal devastador: la venta de sus pertenencias, la pérdida de su hogar y, finalmente, un deterioro físico y neurológico severo —incluyendo un infarto cerebral— provocado por el agotamiento de una lucha solitaria y sin recursos.El llamado de una madre

 

Alan, quien era trans y recordado como una figura brillante que incluso fue coronado reina en Copiapó, soñaba con estudiar Derecho para defender a otros jóvenes trans que, como él, enfrentan la discriminación y la injusticia. Hoy, su madre ha tomado esa antorcha, no por elección, sino por necesidad.

 

«Yo quiero que se sepa lo que pasó… ninguna madre debe pasar por el dolor porque es algo que no se puede explicar», dice Esther. Su testimonio es un grito desesperado en un Copiapó donde, lamentablemente, las desapariciones y los casos sin resolver parecen formar parte de una realidad dolorosa.

 

Mientras el caso de Alan se mantiene en una tensa espera legal, la figura de Esther Neira se alza como el símbolo de la lucha contra la impunidad. Su demanda es clara: que la justicia deje de ser un privilegio de quienes pueden pagar y que, en casos de tragedia, las víctimas reciban el trato digno que les fue negado en vida.

 

Hoy, el caso de Alan Rose no es solo la historia de un atropello; es el espejo de un sistema que debe ser cuestionado para que, como pide su madre, finalmente se haga justicia.