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Julio Masso, jefe regional del Cuerpo de Socorro Andino Atacama: “Estamos ‘atajando penales’ y el costo lo paga el turismo, la región y nosotros como rescatistas”

  • Más de 50 voluntarios componen este grupo de rescate en montaña con respuesta al número 136. Más allá de la mítica del rescate en zonas completamente aisladas, la catástrofe también dejó en evidencia las profundas carencias materiales e institucionales que limitan su labor.

El reciente sistema frontal que golpeó con fuerza a la Región de Atacama, intensificado por un fenómeno de El Niño reforzado, puso a prueba la capacidad de respuesta y la resiliencia de las comunidades cordilleranas y los equipos de emergencia.

En ese contexto, el Cuerpo de Socorro Andino, organización de rescate en montaña, tuvo un rol activo en el apoyo a comunidades cordilleranas, particularmente en sectores como Junta de Valeriano. Para Julio Masso, jefe regional del Cuerpo de Socorro Andino en Atacama, la emergencia, marcada por lluvias históricas, acumulación de nieve, cortes de caminos y dificultades de conectividad, volvió a poner sobre la mesa los desafíos que enfrenta el rescate en montaña en una región que, al mismo tiempo, busca consolidarse como destino internacional para el turismo de alta montaña.

Con más de 50 voluntarios en la región, Socorro Andino Atacama enfrenta además un escenario de aumento de los rescates. Masso cuenta que hace algunos años realizaban alrededor de cuatro o cinco procedimientos anuales, mientras que en 2025 llegaron a 14 y durante este año ya contabilizan 25. Por eso, desde la organización se preparan para enfrentar la próxima temporada de alta montaña abriendo una convocatoria excepcional de voluntarios hasta el 6 de septiembre.

Conversamos con Julio Masso para hacer una retrospectiva de la labor cumplida durante las emergencias, el debate sobre aplicar sanciones económicas por conductas imprudentes en la montaña y la necesidad de potenciar el financiamiento del equipo.

¿Qué les dejó este sistema frontal como aprendizaje en cuanto a la preparación para futuras emergencias en la cordillera?

Fue algo nuevo para todos, una lluvia histórica, y prepararse para algo que uno no conoce es difícil. En esta emergencia nos enfocamos especialmente en la precordillera, que para otras partes del mundo sería alta montaña, pero que para nosotros como atacameños es media montaña. Afortunadamente no tuvimos grandes problemas con turistas, porque fueron relativamente prudentes y bajaron. El problema estaba en las personas que viven permanentemente en estos territorios y que tienen dificultades para una respuesta rápida.

Junta de Valeriano fue quizás uno de los casos más complejos. ¿Qué me podrías comentar sobre ese operativo y qué fue lo más difícil de enfrentar?

Es un valle muy cerrado, nevó muchísimo y hay casas que están en zonas de posible movimiento de tierra, lodo, agua y, en este caso, nieve. Eso levantó mucho más la emergencia. En conjunto con el Ejército y la FACH fuimos en helicóptero y hubo mucho trabajo de contención, de trabajo anímico. Mantuvimos a la gente ocupada durante todo el día, conversando, coordinando y traspasando información.

Este es un sector con gran actividad de arrieros. ¿Qué pasó con los animales?

Mira, después de sacar a las personas y abrir los caminos, que era lo clave, se empezó a ver el tema de animales, pero murieron muchos… Hay sectores donde murió prácticamente todo el ganado. La gente, con suerte, logró correr con sus familiares más cercanos. Hay que entender que el helicóptero tampoco es la panacea. Si hay mal clima, no llega. En Atacama estamos acostumbrados a que cuando llueve, al otro día tenemos un sol radiante, pero acá tuvimos más de una semana de mal clima, con ventanas muy cortas. Por helicóptero se logró evacuar a algunas personas, entre ellas una lactante y adultos mayores con problemas de movilidad. El resto finalmente fue una caravana por tierra.

¿Cómo ha cambiado la capacidad de respuesta en el marco del crecimiento del turismo de montaña?

Hoy llevamos 25 rescates este año. Hace tres o cuatro años teníamos alrededor de cuatro o cinco rescates anuales, el año pasado fueron 14 y ahora llevamos 25, además de todo el trabajo de prevención. Hay más de 50 voluntarios en la región, pero no es suficiente. El fin de semana tuvimos un rescate de dos días y, como esto es voluntariado, cada persona tiene un tiempo muy acotado para entregar a la comunidad. Y ahora viene la temporada de montaña: llegan montañistas de todo el mundo a los sectores de los seismiles. Eso es muy bueno, porque llama al turismo, pone a la región en alto y es enriquecedor, pero mientras más gente haya, estadísticamente es más probable que ocurra un accidente. La naturaleza es preciosa, está de moda y es una moda que aumenta año a año; yo lo aplaudo, pero también tiene riesgos que hay que aprender a manejar y controlar.

Entonces, ¿cómo se sostiene una organización voluntaria cuando aumentan los rescates y también los costos de cada operación?

Para ser voluntarios, para ir a ayudar y rescatar, además de dejar familia, amigos y otras cosas de lado, tenemos que pagar cuotas para ser miembros del Cuerpo de Socorro Andino. Con eso se financia una parte de los rescates. Tenemos un convenio nacional con Senapred que nos entrega financiamiento para algunos equipos y un seguro médico, que es muy importante. También recibimos apoyo de empresas privadas como Kinross, que nos colabora harto, y los municipios nos ayudan, por ejemplo, con neumáticos, porque hay un desgaste importante de los vehículos y del equipo. Pero donde más gastamos energía y tiempo es en las capacitaciones, algunas son muy caras, especialmente cuando tenemos que traer profesores de afuera.

¿Y en cuanto a equipamiento?

El problema es que los requerimientos aumentan y la disponibilidad sigue siendo prácticamente la misma; hoy tenemos una sola camioneta para toda la región. En el evento de Alto del Carmen, al principio no se podía llegar la camioneta y los rescatistas de esa zona tenían que sumarse a otras patrullas. Después logramos entrar en una ventana de buen tiempo, pero quedó atrapada y pudimos sacarla recién cuando terminó la lluvia, y la región quedó sin equipo con camioneta todo ese tiempo. Por eso estamos realizando gestiones para tener más vehículos.

Otro debate que ha surgido a propósito de los rescates es el de las multas para quienes realizan actividades irresponsables que involucren un rescate, como lo que ocurrió en el Cajón del Maipo y fue noticia a nivel nacional. ¿Cuál es tu posición?

Yo creo que puede ser bueno que exista una sanción, porque lamentablemente así funciona el chileno: necesita un poco el miedo de que le pasen un parte para modificar ciertas conductas. Pero yo no compartiría nunca que esa plata llegue a Socorro Andino, porque eso viciaría el sistema. Nosotros no cobramos los rescates y no deberíamos tener ningún incentivo económico asociado a que ocurra una emergencia. El problema es que también hay personas que abusan. Nos ha pasado con tour operadores que cobran millones a sus clientes, pero no tienen buenos sistemas de seguridad, y frente a cualquier problema, aprietan el botón de pánico y viene Socorro Andino a rescatarlos gratis. Entonces termina siendo más barato tener el botón de pánico que invertir en seguridad. Y ahí aparece otro problema: el turista internacional viene a la montaña de Atacama, viene al Ojos del Salado, a los seismiles. Ese es nuestro gran atractivo. Pero hoy puede entrar quien quiera, cuando quiera y como quiera. Yo creo que no existe un buen registro de cuánta gente sube al Ojos del Salado o cuánta gente está en la montaña. Nosotros estamos “atajando los penales” y el costo lo paga el turismo, lo paga la región y lo pagamos nosotros como rescatistas.

¿Qué falta entonces para que el rescate de montaña tenga estándares comunes en Chile?

Hay un vacío. Para ser guía de turismo existen requisitos, certificaciones y registros, pero para ser rescatista y abrir una agrupación de rescate no te piden prácticamente nada. Es más fácil abrir un grupo de rescate que un club deportivo o que ser tour operador, y debería ser al revés. Yo creo que tiene que existir una acreditación mínima. Pero tampoco creo que sea correcto decir «yo trabajo solamente con los oficiales». Hay otras agrupaciones que son buenas y que hacen un trabajo bastante serio en Atacama. Lo que necesitamos es regularlas, establecer estándares y saber quién está capacitado para hacer un rescate. La Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo (UIAA) es un muy buen referente porque estandariza procesos y normativas a nivel internacional. Si nosotros nos apegamos a esos estándares, nos ahorramos años de aprendizaje y de errores que otros países ya vivieron. El rescate cada vez está más estandarizado a nivel mundial y nosotros tenemos que avanzar en esa dirección.

Finalmente, están convocando a nuevos voluntarios. ¿Qué buscan en esta nueva generación de socorristas?

Primero, vocación. Si no tienes vocación para ayudar al resto, este no es tu lugar. Segundo, tiempo. Ser voluntario significa dejar algunas cosas de lado, tener organizada tu vida y poder ir en ayuda de una persona desconocida. No estamos buscando necesariamente gente “súper poderosa”, buscamos gente normal que tenga experiencia en montaña, que sepa hacer una mochila, armar una carpa, hacer trekking, escalar o que tenga alguna especialidad que pueda aportar. Después nosotros entregamos la formación específica en radio, primeros auxilios, rescate y utilización de software… es un trabajo apasionante. Muchas veces la vida es monótona y acá sientes que con tus habilidades puedes cambiarle la vida a alguien. Cada rescate es distinto y te deja una historia que vas a contar el resto de tu vida. Por eso ahora abrimos excepcionalmente las postulaciones. El año pasado postularon más de 30 personas y quedaron 10 después de los filtros. Este año esperamos que postule más gente, postular es gratis, y aunque alguien no quede seleccionado, puede descubrir qué le falta y volver a intentarlo.

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