Columna de opinión: Copiapó necesita más lectores, más libros y mejores bibliotecas
Por Carlos Moya Villar, bibliotecólogo
Los malos resultados en comprensión lectora no son una noticia que deba preocupar solo a profesores, directivos o especialistas en educación. Interpelan a toda la comunidad de nuestro querido Copiapó. Cuando un niño, niña o adolescente no comprende lo que lee, el problema no se queda en la clase de lenguaje: se le vuelve más difícil aprender ciencias, resolver un problema matemático, informarse y ejercer sus derechos. Pero se pierde también algo menos visible e igual de grave: leer comprensivamente es la base del pensamiento crítico; es lo que permite distinguir un argumento de una consigna, reconocer quién habla y con qué intención, sostener una duda razonable. Es, además, la puerta de entrada a la experiencia artística. Quien no logra habitar un texto difícilmente podrá habitar una película, una obra de teatro, una canción o una pintura como algo más que entretenimiento pasajero. La lectura no solo forma estudiantes: forma ciudadanos capaces de pensar y personas capaces de ser conmovidas.
Ahí es donde las bibliotecas dejan de ser un adorno del presupuesto y pasan a ser infraestructura crítica. En una ciudad atravesada por la desigualdad, las bibliotecas resultan a veces el único lugar donde el acceso no depende del ingreso familiar: donde hay silencio, conexión, alguien que orienta y una colección que nadie tuvo que comprar. Son también el contrapeso más barato y más eficaz frente a un ecosistema informativo saturado, donde el algoritmo decide qué vemos y donde la inteligencia artificial produce textos verosímiles con una facilidad inquietante. Frente a eso, no basta con enseñar a usar pantallas: hay que enseñar a desconfiar de ellas con criterio, a verificar, a distinguir una fuente de un rumor bien escrito. Eso se aprende con mediación humana y las bibliotecas son el lugar donde esa mediación ocurre.
Como bibliotecólogo, me parece necesario decirlo con claridad: una biblioteca no es una bodega de libros ni una sala silenciosa que permanece abierta por inercia. Es una institución educativa, cultural y comunitaria. Su valor no se mide únicamente por el número de ejemplares que posee, sino también por su capacidad de acompañar a las personas, recomendar lecturas, organizar actividades y hacer que los libros dialoguen con la vida concreta de sus usuarios.
Un niño, niña o adolescente no se convierte en lector simplemente porque le entreguemos un texto obligatorio. Se convierte en lector cuando encuentra una historia que lo conmueve, un personaje con el que se identifica, un tema que despierta su curiosidad o un adulto que le dice: «este libro puede interesarte». Esa mediación no ocurre espontáneamente. Requiere bibliotecólogos, profesores, familias y comunidades comprometidas.
En una ciudad como Copiapó, las bibliotecas cumplen también una función decisiva en la reconstrucción del tejido comunitario. Son espacios para la lectura familiar, el apoyo escolar, la conversación, la memoria local y el acceso democrático a la información. Pueden vincularse con la historia de Atacama, con sus escritores, sus relatos, sus pueblos originarios, sus paisajes y sus transformaciones sociales. Leer también es reconocernos en un territorio.
Vale la pena preguntarse entonces, para empezar, si Copiapó tiene las bibliotecas que necesita, y si las que tiene están donde deben estar. Porque no se trata solo de cuántas son, sino de a quién alcanzan: una ciudad puede tener bibliotecas y, al mismo tiempo, tener barrios enteros donde llegar a una implica dos micros y una hora de viaje. La distribución territorial de la infraestructura cultural nunca es neutra; es una decisión política, aunque se tome por omisión.
Y hay una pregunta que Atacama no puede seguir esquivando: si somos una región que aporta al país buena parte de su riqueza minera, y si el royalty existe precisamente para que esa riqueza vuelva al territorio, ¿por qué la infraestructura cultural sigue siendo lo último de la lista?
Nada de esto es caro comparado con el costo de una generación que no comprende lo que lee. Invertir en bibliotecas no es un gasto en cultura: es una inversión en igualdad, en democracia y en la capacidad de esta ciudad de pensarse a sí misma. La verdadera pregunta es cuánto le costará a Copiapó no hacerlo; y creo que a nadie le gustaría la respuesta.
