Columna de Opinión: Atacama y el Derecho a Movernos: el Momento de Un Tren Ligero Intercomunal
Por Pablo Zenteno Muñoz.
Abogado laboralista.
Ex Director Nacional del Trabajo.
En Atacama la conversación sobre desarrollo no puede separarse de la conversación sobre movilidad. Durante décadas, las comunidades han debido aceptar como normal la precariedad en conectividad, las largas esperas bajo el sol o la incertidumbre diaria de si habrá locomoción para estudiar, trabajar, emprender o acceder a servicios básicos, pues hasta antes de los buses eléctricos, la frecuencia y disponibilidad de los servicios de transporte era tierra de nadie. Hoy, la exitosa llegada de los buses eléctricos que sitúa a Copiapó como la primera ciudad en Latinoamérica con su transporte público 100% eléctrico, se empalma como una promesa de progreso e impacto directo en la calidad de vida de las familias. Sin embargo, cuando la región enfrenta cambios demográficos profundos y nuevas exigencias de cohesión territorial, se vuelve urgente discutir no solo más buses o mejores frecuencias en Copiapó, sino una transformación estructural: avanzar hacia un tren ligero intercomunal que articule Copiapó, Tierra Amarilla, Caldera y San Pedro entendiendo la interconexión de todas estas comunidades como un eje económico común, pero además, privilegiando que los beneficios económicos y sociales de estos avances, no excluyan a quienes han emplazado sus vidas fuera del radio urbano tradicional de Copiapó y pensando en un futuro, también incluir la relación de transporte en las comunas de Vallenar y Copiapó.
Los datos acompañan esa urgencia. La región concentra hoy 254.336 habitantes, de los cuales más de la mitad vive en Copiapó y casi una quinta parte en Vallenar. A ello se suma un proceso acelerado de envejecimiento poblacional, con un salto desde 4,9% de personas mayores en 1992 a 12,6% en 2024, y un crecimiento sostenido de hogares unipersonales y conformados solo por personas mayores. Esta realidad redefine las necesidades de transporte: cada día más personas requieren servicios accesibles, predecibles y seguros, donde la movilidad deje de ser una barrera y se transforme en un derecho habilitante para vivir con autonomía, dignidad y participación plena en la comunidad.
Con las condiciones actuales, este derecho está lejos de garantizarse plenamente. La evidencia es clara: la solución de los buses eléctricos en Copiapó no incorpora a comunidades como las que habitan Tierra Amarilla, han debido depender de la disponibilidad voluntaria de operadores privados, y la frecuencia entre comunas como Copiapó–Tierra Amarilla o Copiapó–Caldera sigue siendo insuficientes, con horarios escasos, incertidumbre en paraderos y una limitada oferta real para quienes carecen de vehículo propio, además de cifras de pasajes que impactan bruscamente en los bolsillos de los y las trabajadoras. El reciente desembarco de buses eléctricos es un avance significativo, pero no resuelve la conexión intercomunal ni la necesidad de un sistema robusto, integrado y sostenible, que se haga cargo del desarrollo demográfico que Copiapó y sus comunidades aledañas han enfrentado en las últimas dos décadas.
Un tren ligero no es solo un medio de transporte. Es una apuesta por la cohesión territorial, por democratizar oportunidades y por entender que el desarrollo de Atacama debe mirar más allá de la minería, integrando turismo, agricultura, servicios y nuevas economías. Es reconocer que una región cuya extensión geográfica representa el 10% del territorio nacional, con población dispersa, envejeciente y crecientes demandas de movilidad equitativa, no puede seguir dependiendo de soluciones fragmentadas.
Una propuesta de esta envergadura además releva el tremendo aporte que Atacama realiza al PIB, (un no despreciable 13.9%) estableciendo en el centro del diseño regional el bienestar global de las personas mayores, de estudiantes que cruzan comunas para formarse, de trabajadores y trabajadoras que sostienen nuestra economía, y de familias que hoy ven limitadas sus posibilidades de proyectar vida donde el Estado aún no llega.
El reto ahora es político y técnico. Planificar, financiar y ejecutar un sistema ferroviario moderno implica voluntad, coordinación y visión de futuro. Pero cada kilómetro de vía es, en realidad, una inversión en integración, sustentabilidad y justicia territorial. El tren ligero intercomunal no debe ser un sueño lejano: debe convertirse en el próximo gran proyecto de Atacama. Porque el desarrollo regional no es solo producción; es movilidad, acceso y dignidad. Es garantizar que todas y todos podamos movernos para vivir, crecer y contribuir al futuro de esta tierra que tanto nos da.

