Política

Atacama después del mineral: que el último no apague la luz

La minería genera cerca del 15% del PIB de Chile. El cobre financia hospitales, escuelas, pensiones e inversión pública. Cuando su precio sube, el Estado dispone de mayores recursos; cuando cae, las restricciones se sienten. Es una realidad que pocas veces aparece con suficiente fuerza en los discursos del Día del Minero: una parte importante de la economía chilena descansa sobre el trabajo de quienes diariamente ingresan a una faena minera.

Presidente Regional del Partido Socialista de Atacama

En Atacama esa dependencia se siente con particular intensidad. La minería es la columna vertebral de nuestra economía. Sin ella tendríamos una región menos poblada, menos conectada y con menos servicios. La minería paga sueldos, mueve el comercio, genera encadenamientos productivos y aporta recursos que también llegan a nuestros municipios.

Pero existe otra cara que debemos discutir.

¿Qué ocurre con los campamentos cuando el mineral se termina? ¿Qué pasa con las comunidades cuando una mina cierra? ¿Qué sucede con los trabajadores, proveedores y pequeñas empresas que durante años dependieron de esa operación? ¿Cómo administramos el agua que demanda esta industria en uno de los territorios más áridos del planeta?

Ese balance todavía no está resuelto y Atacama lo vive en carne propia.

Por eso, el Día del Minero no puede reducirse a una misa, una ceremonia y algunos discursos. Debiera ser también una oportunidad para hablar seriamente sobre condiciones laborales, seguridad, pequeña y mediana minería y, especialmente, sobre nuestros pirquineros.

Los recientes eventos climáticos volvieron a demostrar su vulnerabilidad. Cuando un temporal destruye caminos y corta el acceso a las faenas, no basta con anunciar $700 o $750 millones en ayudas si después nadie sabe claramente cuándo llegan, cómo se distribuyen o cuánto demorará su tramitación. El pirquinero que quedó aislado no necesita el camino despejado dentro de tres meses. Lo necesita hoy.

Pero existe una discusión todavía más profunda que Atacama debe comenzar urgentemente: ¿qué va a pasar el día que quede el hoyo y se acabe el mineral?

Dicho de otra manera: ¿el último apaga la luz?

Puede parecer una provocación, pero es una pregunta extremadamente seria. Durante décadas hemos construido buena parte de nuestra economía regional sobre recursos que, por definición, son finitos. El cobre se termina. El litio también. Los yacimientos cumplen ciclos. Y si durante los años de abundancia no somos capaces de construir nuevas capacidades productivas, estaremos hipotecando el futuro de las próximas generaciones.

Por eso Atacama necesita una Estrategia Regional Minera.

No se trata de estar contra la minería. Exactamente lo contrario. Se trata de aprovechar inteligentemente la riqueza que produce para construir aquello que permanecerá cuando la extracción termine.

Desde la minería debemos levantar industria, tecnología, conocimiento, investigación y nuevas capacidades productivas. Podemos desarrollar proveedores sofisticados, innovación y nanotecnología, formando capital humano que permita que Atacama siga produciendo riqueza incluso cuando algunos de sus actuales yacimientos hayan agotado su vida útil.

Chile sigue teniendo un problema estructural: somos extraordinariamente eficientes extrayendo recursos naturales, pero seguimos teniendo enormes dificultades para agregarles valor.

Extraemos cobre, pero desarrollamos muy poca industria asociada al cobre. Tenemos litio, pero todavía estamos lejos de convertirnos en un polo relevante de fabricación tecnológica vinculada a ese recurso. Seguimos exportando commodities mientras importamos buena parte de los productos industriales y tecnológicos fabricados a partir de las materias primas que salen de nuestro propio territorio.

En pleno siglo XXI, Chile conserva demasiados rasgos de una economía extractiva del siglo XIX.

Eso tiene que cambiar.

Antofagasta ya comenzó una discusión respecto de su estrategia regional minera. Me ha correspondido participar en algunos de esos conversatorios y observar cómo actores públicos y privados empiezan a preguntarse qué región quieren construir para las próximas décadas.

En Atacama esa conversación todavía no tiene la profundidad ni la urgencia que requiere.

Tenemos que sentar en una misma mesa a las compañías mineras, universidades, trabajadores, pequeños mineros, municipios, Gobierno Regional, servicios públicos, emprendedores y organizaciones sociales.

Y debemos hacerlo ahora, mientras tenemos minería, recursos y oportunidades.

A las compañías mineras debemos decirles con claridad: Atacama no espera solamente inversión, empleo y producción. Esperamos también que la riqueza generada en nuestro territorio contribuya a construir capacidades permanentes, diversificación económica, conocimiento, innovación y futuro.

Porque Atacama es mucho más que cobre y litio.

Tenemos turismo, patrimonio, cultura, naturaleza y uno de los fenómenos más extraordinarios del planeta: nuestro desierto florido. Tenemos universidades, trabajadores especializados, emprendedores y una identidad construida durante generaciones en torno al desierto y la minería.

Tenemos, en definitiva, argumentos suficientes para pensar una región capaz de sostenerse más allá de la extracción.

Por eso, en este Mes de la Minería, junto con saludar a cada minera y minero de nuestra región, debemos atrevernos a formular la pregunta que determinará nuestro futuro:

cuando el cobre y el litio ya no estén, ¿de qué va a vivir Atacama?

La respuesta no puede comenzar a construirse cuando se cierre la última mina.

Tenemos que construirla hoy.