Ricardo Ferrada Leyton-Rodríguez (Noli): El estoico abogado de la gente
Por Rodrigo Ferrada Leyton, Editor Periodístico de Diario Chañarcillo, en homenaje a mi amado padre en el día de su cumpleaños.
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Hoy (ayer, para quien lea esto) 24 de septiembre, pero del año 1931, nacía en Santiago de Chile, un hombre extraordinario, que muchos de ustedes, sé conocieron, me Refiero a Ricardo Ferrada Leyton-Rodríguez, (conocido por su segundo apellido adoptivo, Noli), mi padre, mi amigo, mi mentor, a quien tanto debo.
Lo extraordinario de este hombre resalta en su historia de vida, que es, para todo efecto y propósito, una verdadera oda a la fuerza del espíritu humano, enfrentado siempre a la adversidad, pero jamás derrotado por esta.
Su infancia la vivió, en principio, felizmente, junto a su madre y sus abuelos, la familia Leyton Rodríguez, parte de la numerosa comunidad de inmigrantes ingleses que se habían asentado en el puerto desde el siglo 19 (ingleses, no británicos, hay una gran diferencia), los mismos que fundaron nuestra armada chilena, y que tanto aporte han hecho a nuestra patria. Ahí vivió alegremente mi padre, en las alturas del Cerro Mariposa, lugar del cual siempre hablaba con mucho amor, al igual que de los Leyton, familia la cual tuve la fortuna de conocer varias veces.
Mi viejo, se crió entonces, sumergido en la cultura anglosajona de Valparaíso, razón por la cual amaba dicha influencia, y sabía hablar el idioma inglés, en el cual dialogaba conmigo desde que yo tuve uso de razón, y motivo por el cual me convertí muy joven en otro miembro de la angloesfera, un angloparlante prácticamente nivel nativo, y esto es por lo cual, también siento esa profunda fascinación por la cultura anglosajona pre-conquista normanda de “Englaland”.
Pero, como decían los antiguos sajones, nuestros padres ancestrales que expulsaron a los vikingos de Britannia, en el inglés antiguo, derivado del proto-germánico, “»Wyrd bið ful aræd», esto es, “El destino es inexorable”, y por una cruel jugada de este, mi abuela, Elsa Leyton-Rodríguez, falleció de una septicemia, cuando mi padre tenía apenas 6 años. Por un tiempo más permaneció bajo el cuidado de su abuelo, Saul Leyton, hasta que un día, don Ricardo Ferrada Fernández, un rudo oficial de Carabineros de Chile, fue a buscarlo, y se lo llevó consigo.
De mi abuelo paterno, nada tengo que decir, un hombre de honor, que incluso soportó ostracismo y tuvo que retirarse de la institución con el grado de coronel, esto, debido a que se negó a ejecutar una orden del mando, de disparar a mansalva a un grupo de trabajadores en protesta. El argumento de mi abuelo para negarse a esto, fue que “era contrario a la constitución”, y razón tenía, en tiempos en que los derechos sociales, laborales y humanos eran inexistentes, este “oficial y caballero”, prefirió defender a su pueblo y a la carta magna de la nación que había jurado proteger. Lo quise mucho, y él a mí, pero, no era mi padre, para don Ricardo hijo, la cosa fue distinta, y de la felicidad infantil con la comunidad inglesa de Valparaíso, pasó a una existencia marcada por una ruda y férrea disciplina, mi abuelo se casó con doña Consuelo Noli, hija del legendario italo-copiapino Vittorio Noli Cazzizza, y así se le quitó el “Leyton” por “Noli”, un hecho que, a pesar del cariño y unidad que siempre mi familia ha tenido con la comunidad italiana, siempre le pesó, era un hombre sincero, desde niño, siempre me contó la verdad de las cosas, de su historia.
Pero mi padre, no compartía la visión de los antiguos sajones “cada hombre es el arquitecto de su propio destino”, me decía siempre, y fue por eso, que cuando mi abuelo le había ya determinado el destino de ser, al igual que él, oficial de Carabineros, mi padre se opuso, era un hombre de letras, y su sueño, era ser abogado, mi abuelo defendía la constitución y las leyes, mi padre quería ser el espíritu vivo de estas. Ante tal confrontación, tuvo que marchar del hogar paterno, muy joven, a buscar su fortuna, completamente solo.
Ingresó a la Escuela de Derecho de la Universidad de Concepción, y para pagar sus estudios, comenzó a trabajar en la acerera de Huachipato, primero, como guardia nocturno, noches que aprovechaba para sumergirse en el estudio del derecho. Pronto pasó a trabajar en la fundición propiamente tal, y se unió al sindicato. Era miembro del Partido Liberal de esos años del siglo 20. En una asamblea de la unión de trabajadores, donde se discutía un álgido problema, mi padre se puso de pie, y utilizando la poderosa oratoria que tenía, pronunció palabras que hicieron que “el salón se viniera abajo”. Resumiendo, poco tiempo después se alzaba como presidente del sindicato, una oportunidad que le facilitó las cosas, y que lo llevó por un recorrido por todo el mundo, siendo incluso recibido por Su Majestad la Reina Isabel II en Buckingham junto a una delegación chilena de representantes sindicales, en un camino que lo llevó incluso hacía la entonces Unión Soviética, que siempre me describía como “un lugar frío, oscuro, duro y gris”.
El resto es historia, se tituló de abogado y tuvo una carrera ilustre, pero, su principal vocación no era la riqueza, sino ayudar al prójimo, hasta el día de hoy, 14 años después de su partida, gente en Copiapó me detiene en las calles para decirme cuanto lo extrañan y contarme cosas que hizo por ellos, de las cuales muchas yo no tenía idea, era un hombre de la gente, del pueblo.
Pero “Don Reachard”, era ante todo, un filósofo estoico, por lo que la simplicidad, la funcionalidad y el pragmatismo fueron el sello de vida que heredé, una gran vida, ya que el estoico es libre, no teme a la muerte ni a la adversidad, ya que “una vida virtuosa es una vivida conforme a la naturaleza, y a la porción de divinidad del alma humana que es la razón”.
Así era mi padre, les dejo, finalmente para terminar mi homenaje, dos frases que me dejó, la primera fiel reflejo del estoicismo: “Hijo, recuerda, un hombre puede vivir sin nada, totalmente solo, sin dinero, sin amigos, sin alegrías, sin fiestas, sin mujeres, mientras pueda escuchar sus propios pensamientos”.
La segunda frase, es un acertijo, algo que estuve tratando de descifrar por años, pero que creo logré entender, y que ahora es el epitafio de su tumba: “Hijo, Dios está al final del camino del hombre, no al principio, ni en medio, al final”.
Este acertijo filosófico que me dejo mi papá, tiene un doble, significado, el primero, que el hombre, efectivamente puede encontrar a dios al final de sus días, y el segundo va más allá, y es que, la raza humana, si quiere y se determina a lograrlo, puede, aunque tomen millones de años, alcanzar una porción de divinidad a través del desarrollo espiritual y de la mente, un desafío que todos tenemos, y que era el sueño de mi viejo, “una Tierra, una humanidad”.

