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Sara Arenas, psicóloga: “El retorno del agua permite valorar nuevamente el río y cuestionar la idea de que su ausencia era algo natural o inevitable”

  • La imagen del Río Copiapó sin duda dejó una pregunta abierta: ¿Cuál es la posibilidad de vuelva a circular con esta fuerza sin deberse necesariamente a un evento meteorológico de estas características? Para la académica de la UDA, el problema de la crisis hídrica tiene un arista que hasta ahora se omite en la discusión pública: el agua desde la psicología ambiental y el bienestar.

La reciente crecida del Río Copiapó ha despertado una serie de emociones y memorias para quienes acostumbraban a ver el lecho seco del valle. Para Sara Arenas, especialista en psicología ambiental, derechos humanos, memoria colectiva e intervención comunitaria, este retorno del agua no es solo un fenómeno meteorológico, sino un evento que permite «desnaturalizar» la crisis hídrica.

A través de lo que denomina «memoria hídrica», la comunidad puede transitar desde el duelo por lo perdido hacia una valoración del río como un patrimonio vivo, recuperando relatos que vinculan la identidad local con el cauce y cuestionando la idea de su ausencia como única posibilidad.

Desde una perspectiva que integra la psicología ambiental y el bienestar comunitario, Arenas sostiene que el agua actúa como un eje central de la identidad y la resistencia, pero advierte que este alivio temporal pone a prueba las narrativas sobre la escasez: mientras el discurso oficial suele apuntar al cambio climático como una causa externa, el regreso del flujo obliga a mirar las «responsabilidades humanas identificables», como el otorgamiento de derechos, la privatización y la lógica utilitarista que ha mercantilizado el recurso.

En conversación con Diario Chañarcillo, la psicóloga y académica de la Universidad de Atacama profundiza en lo que dejó el paso del río Copiapó luego del sistema frontal. Su análisis es una invitación a repensar el desborde del río en diferentes momentos en la historia regional:1997, los aluviones de 2015 y el nuevo evento climatológico de este 2026: “Cuando el río vuelve al paisaje, no solo se recupera un elemento físico, sino también una experiencia emocional y comunitaria que puede transformar el duelo por lo perdido en una satisfacción por la recuperación”, explica.

Rio Copiapó. Captura aérea por André Muñoz Amín.

¿Cómo impacta el retorno físico del agua al cauce del río en la recuperación de la memoria colectiva de una ciudad que se percibía a sí misma «sin río»?

En primer lugar, durante décadas se configuró una crisis hídrica que fue debilitando tanto el “patrimonio tangible”, el río Copiapó que atravesaba la ciudad, como el “patrimonio intangible” asociado a él, prácticas comunitarias, lúdicas y recreativas, e incluso usos medicinales. La “memoria hídrica” permite traer el pasado al presente mediante el relato colectivo, sin embargo, hay personas que no cuentan con esa memoria porque nunca vieron correr el río; para ellas, observar hoy el agua en el cauce puede ser una primera experiencia. En cambio, para otras, el retorno del agua reactiva recuerdos de nostalgia, la pérdida y también por memorias traumáticas, como los aluviones. Aun así, este proceso muestra que la comunidad conserva saberes relevantes: sabe dónde están las quebradas, reconoce cuándo puede existir riesgo y comprende la importancia de cuidar el río y su entorno.

En ese sentido, obras como el Parque Kaukari y su carácter inundable representan una infraestructura significativa, que ha contribuido a mejorar la calidad de vida urbana. No obstante, esta realidad contrasta con la de sectores vecinos, como Tierra Amarilla, donde por décadas la ribera del río ha sido un espacio de recreación y encuentro comunitario. Hoy, parte importante del cauce se ha visto afectada por prácticas industriales, como el entubamiento del río, por lo que una de las principales demandas comunitarias es que el agua vuelva a correr y que existan las condiciones necesarias para que lo haga de manera segura y sostenible.

¿De qué manera ver el río hoy con agua ayuda a las comunidades a “desnaturalizar” la crisis y a pasar del «duelo por lo perdido» a una movilización por la recuperación?

Cuando el río comienza a correr, aunque sea un poco de agua, muchas personas se acercan emocionadas a verlo, a escucharlo e incluso a oler. Esa reacción evidencia la presencia de memorias afectivas profundamente ancladas en la comunidad. El retorno del agua permite valorar nuevamente el río y cuestionar la idea de que su ausencia era algo natural o inevitable. Actualmente vivimos una situación excepcional: por una decisión legal y una demanda social, se permitió que el agua volviera a circular por el Parque Kaukari.

Sin embargo, deberíamos avanzar hacia una comprensión más integral de la cuenca, dejando atrás la lógica utilitarista que considera que el agua “se pierde” cuando llega al mar. Por el contrario, ese recorrido cumple un ciclo natural fundamental para el equilibrio ambiental e incluso nos protege ante desbordes producto de un episodio estacional como el fenómeno del niño. Desde la psicología ambiental, el agua también cumple una función importante en el bienestar de las personas. Diversos estudios muestran que observar el movimiento del agua puede favorecer la calma, reducir el estrés y mejorar la calidad de vida. Por eso, cuando el río vuelve al paisaje, no solo se recupera un elemento físico, sino también una experiencia emocional y comunitaria que puede transformar el duelo por lo perdido en una satisfacción por la recuperación.

¿Qué elementos del “patrimonio intangible” (saberes o prácticas) se reactivan en la comunidad cuando el río vuelve a ser parte del “paisaje tangible”?

Cuando el río vuelve a ser parte del paisaje tangible, se reactivan saberes, prácticas y formas de relación con el territorio. Esto se observa, por ejemplo, en el solo el hecho de contemplar su caudal se pueden promover narrativas en las familias sobre cómo era Copiapó en el pasado, por ejemplo, en el siglo XX nuestra ciudad era reconocida como “la ciudad de los damascos”, o el pueblo San Fernando reconocido emplazamiento donde se cultivaban las mayoría de los productos agrícolas que se entregaban a la ciudad. En una investigación sobre la adaptación al cambio climático de los pequeños agricultores pudimos observar que el agua es un eje central identitario. En el Valle del Huasco los agricultores se reconocen como actores relevantes para la subsistencia agraria y alimentaria de la región, mientras que en Copiapó muchos viven su práctica agrícola como una forma de resistencia frente a la ausencia de agua, asumiendo que es un rubro que está destinado a desaparecer, primero por la falta del recurso hídrico y segundo por la falta de recambio generacional.

Algo similar ocurre con comunidades cordilleranas, en un estudio sobre la Representaciones Sociales de la Naturaleza de las comunidades Collas de cordillera a mar, pudimos comprender que para las personas que son parte de la comunidad el agua y la tierra son elementos centrales en la representación de la naturaleza y en la configuración de prácticas sociales. En estos casos, el agua no es solo un recurso, sino un componente identitario que organiza vínculos, conocimientos y formas de habitar. Por eso, su retorno permite recuperar prácticas comunitarias, memorias resilientes y aprendizajes útiles para la prevención del riesgo, especialmente en territorios expuestos a crecidas, desbordes y otros eventos extremos.

Usted diferencia entre la «acción humana no identificable» (cambio climático) y la «identificable» (saqueo). ¿Cómo cree que este sistema frontal pone a prueba la vigencia de estas narrativas en la opinión pública local?

Se han realizado cambios normativos en la legislación chilena, pero estos se aplican principalmente a nuevos derechos de agua, lo que resulta insuficiente en una cuenca donde los derechos ya están sobre otorgados. Por eso, este sistema frontal pone a prueba las narrativas locales: por un lado, permite reconocer los efectos del cambio climático; por otro, obliga a mirar las responsabilidades humanas identificables, como la sobreexplotación de la cuenca, la privatización del agua y las formas de intervención industrial del territorio. Es fundamental monitorear estos fenómenos y reconocer que seguirán ocurriendo mientras no seamos capaces de reducir las formas de contaminación asociadas al cambio climático, especialmente la emisión de gases de efecto invernadero. Al mismo tiempo, debemos resguardar ecosistemas clave, como glaciares y humedales, porque cumplen funciones esenciales para el equilibrio territorial. Ante este escenario de emergencia, e incluso de desastre socioambiental, podemos afirmar que las memorias hídricas, construidas desde el conocimiento comunitario, deben dialogar urgentemente con el conocimiento técnico.

¿Cómo logramos, entonces, que el debate público pase de la emergencia climática a una discusión sobre la propiedad y el derecho humano al agua?

La emergencia también evidencia desigualdades: los sectores rurales suelen estar más expuestos, más desconectados y con mayores niveles de vulnerabilidad frente a estos eventos. En una cuenca sobreotorgada como la de Copiapó, discutir la crisis hídrica implica preguntarse quién accede al agua, en qué condiciones, con qué prioridades y con qué consecuencias para las comunidades y los ecosistemas. En ese sentido, la memoria hídrica comunitaria cumple un papel clave, porque permite visibilizar que el río no es únicamente un recurso productivo, sino parte del territorio, de la vida cotidiana y del patrimonio común. Pasar de la emergencia a la discusión por el derecho humano al agua supone articular conocimiento técnico, experiencia comunitaria y voluntad política, de modo que la gestión del riesgo no se limite a responder al desastre, sino que también cuestione las causas estructurales que lo profundizan: la privatización, la sobreexplotación y la desigualdad en el acceso al agua.

Por eso, el desafío es transformar la coyuntura en una oportunidad de deliberación pública: abrir espacios de participación vinculante, fortalecer la gobernanza de cuenca y reconocer el agua como un bien común indispensable para la vida, antes que como una mercancía. Solo así la emergencia climática puede convertirse en una discusión más profunda sobre justicia hídrica, democracia territorial y derecho humano al agua.