Lugares de Reencuentro
Por Antonio Alfaro Rivera
Reencontrar es recuperar algo que se hallaba perdido. Y puede ser algo físico, material o simbólico.
Para que exista un reencuentro tiene que existir una separación y un distanciamiento. En el transcurso de mi vida hasta ahora, yo tuve ambas cosas con mi tierra natal. La primera ocurrió contra mi voluntad. Pero de la segunda, cualquier cosa que diga como justificación, solo agrandará mi falta. En ambas no fue por elección. Pero la segunda fue por ceguera rutinaria.
El reencuentro no siempre ocurre de manera voluntaria, puede ocurrir simplemente por casualidad. Un día la venda, la niebla que se había instalado en nuestros ojos se descorre. Y así, en un momento en que ambas partes se hallan en el mismo lugar, en una hora determinada, esto puede derivar en un instante alegre, tenso, o triste.
Muchas veces he pensado que, en esta vida moderna, nosotros semejamos la mayoría de las veces a piedras rodando colinas o cerros abajo. Porque en la rutina que provoca el estilo de vivir que adoptamos, no nos deja pensar. Menos sentir. Tal vez los primeros robots que construimos fuimos nosotros mismos. Como una parodia cruel y pequeña de lo que dice la Biblia, “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”. Entonces los robots cibernéticos los creamos así. Bastante iguales a nosotros. Porque nos creímos dioses sin haber evolucionado ni ascendido.
En estas cosas pensaba, mientras caminaba por la ciudad. Una buena costumbre que he retomado después de décadas de recorrerla en mi auto. Así es que últimamente y de manera más frecuente, voy de un extremo a otro, visito distintos barrios. Estaciono. Y empiezo a caminar. Dejo que mi corazón y mis pasos me lleven a visitar de nuevo esos lugares que, a pesar de todo, nunca se han ido. Ni de mi alma ni de mi mente.
Actualmente mi ciudad natal, Copiapó, se ha transformado en una conurbación, su crecimiento hacia el suroriente ha absorbido el pueblo de San Fernando y la Estación Paipote. Lugares antes separados por algunos kilómetros, hoy los límites, excepto por un par de letreros que lo indican, ya no existen. Difícil resulta decir si eso ha sido bueno o malo. Nuevas generaciones ocupan casas donde hace medio siglo atrás, eran campos de cultivo en nuestro pequeño y estrecho valle. Por su parte la Estación Paipote, lánguidamente ha sobrevivido a sus trenes, que ya no circulan por las trochas que aún siguen esperando, el retorno de ellos en vano.
El antiguo callejón del pueblo.
Fue así que, hace unos días atrás fui a visitar nuevamente los antiguos callejones del pueblo. Los recorrí todos. Caminé en varios de ellos. Me di cuenta que todo ha cambiado, la ciudad, el pueblo, los callejones y también yo. Unos pocos sobreviven aún en mejores condiciones que otros. Los más cercanos a Copiapó fueron ya transformados en avenidas para el tráfico automotriz y el precio a pagar fue la tala de pimientos, eucaliptus, álamos y otros árboles además del ensanche del callejón original, lo cual involucraba echar abajo los muros de adobe que delimitaban las parcelas y chacras antiguas. Campos verde que albergaban vida silvestre y doméstica, daban alimento y hacía más hermosa y colorida la vida. Ahora no existen. Las cambiamos por casas. Por asfalto y veredas. Y una parodia de parques.
Por uno de esos callejones camino hoy, éste aún conserva algo de la frondosidad que vieron mis ojos de niño. Es ya media mañana y el sol va coronando de colores el paisaje que aquí, es de un hermoso contraste. Como telón de fondo los cerros ocres, terrosos y yermos realzados por el verde de los árboles y de unos potreros donde pastan tranquilamente unos caballos. Unos queltehues levantan el vuelo con su característico graznido, tal vez como protesta por la visita del intruso en que ahora me he convertido. Una brisa fresca comienza a despertar el follaje de los árboles remolones. Estoy feliz. Por un instante mi infancia ha vuelto a mi lado. Veo al niño que fui, correteando por este trozo de campo. Puedo escuchar su voz. Sentir como su risa se eleva por el cielo y el eco se va retumbando por entre las quebradas de las colinas y cerros que nos rodean. Veo a mis hermanos que llegan a acompañarme. Escucho el canto de las acequias porque justo hoy es día de turno de riego para el campo que se ha sembrado. Que increíble resulta pensar en el milagro surgido del río que hoy ya no tiene su espejo superficial corriendo por gran parte del valle y menos por el tramo que atraviesa nuestra ciudad. Esa mañana no solo se tiñó de recuerdos y nostalgia. Fue mágica. A veces la magia llega cuando solo nos detenemos y comenzamos a escuchar la voz del mundo y la naturaleza. Cuando dejamos atrás los ruidos. Cuando volvemos a sentir, escuchar y vivir.
El viejo y solitario pimiento.
Días después fui a visitar a mi madre, en el barrio hospital, nuevamente iba en auto y recordé mi compromiso de caminar más y disfrutar. Pasé de largo. Llegué al centro y me estacioné allí. Entonces comencé a caminar “hacia arriba”. Hacia el oriente del valle. Son seis cuadras desde allí hasta el hospital San José del Carmen. Al frente está la villa donde vive mi madre desde hace unos 60 años ya. Donde terminó mi infancia y comenzó mi adolescencia y primera juventud.
Caminaba lento. Dando tiempo a que mis ojos no solo miraran. Sino que volvieran a ver. Dando tiempo a mis sentidos para que capturaran íntegramente todos y cada uno de los recuerdos que ya empezaban a volver. Entonces sucedió: Luego de atravesar esa avenida de los pimientos, ubicada entre la Avenida Fray Camilo Henríquez y la calle Vicuña. Nos reencontramos. Allí estaba. Erguido y silencioso como siempre. Pero vigilante y guardián como lo había sido en esa etapa de mi vida. El viejo y solitario pimiento. Ese huérfano que, desde siempre parecía buscar cariño y compañía. Y que hoy, al observarlo con mis ojos de hombre mayor. Nos reconocimos. El impulso fue natural y me olvidé del mundo y de todo y lo abracé. No me importaron los transeúntes que miraban perplejos. Sorprendidos. Tal vez la escena de un hombre abrazando a un árbol les pareciera rara. Pero yo no abrazaba a un extraño. Mis brazos intentaban abrazar y acariciar a un viejo amigo. Uno que hace tantos años ya, nos invitaba a escalarlo. Aquel que nos permitía jugar alrededor de él. Ese que extendía sus ramas y sus hojas para sus niños pudieran refugiarse del inclemente sol de aquellos veranos y consentir que un grupo de niños se posaran en medio de él, cual extraños pájaros y que en silencio aprendían a ver pasar el mundo. Mi viejo pimiento. Que ingratos somos los humanos. ¿En qué momento aprendimos a olvidar tan pronto? ¿Cuándo perdimos el don de ver? Porque confieso que paso frecuentemente en mis vehículos al lado de él. Esa ruta forma parte de mi circuito citadino. Y por mucho tiempo lo había dejado de ver. Desde ese día intento saludarlo siempre y más seguido me bajo del móvil. Ma acerco para mirarlo. Y le hablo en silencio. Le agradezco su fidelidad y que jamás tuviera un reproche para esos niños – que como yo – se convirtieron en hombres y olvidaron que hay memorias, cosas y afectos que no pueden ni deben perderse. Menos olvidar. Somos parte de un planeta. De mundos que nos trascienden por lejos. Pero que, aunque lo queramos, no podemos ser una especie solitaria y autosuficiente. Me despedí de mi pimiento amigo. Algo dentro de mí me decía que él entendía mejor que yo lo que es el paso del tiempo y los misterios de la vida.
La plaza William Wheelwright
Como nací en el barrio hospital – no en el recinto mismo sino en la casa de mi abuelo materno – en otra ocasión volví a recorrer esos viejos lugares. Fue entonces que decidí a ingresar al centro de la llamada población militar, a pesar de que por esos años y hasta ahora, no solo vivían funcionarios de esa institución sino también muchos civiles. En el centro se ubica la plaza William Wheelwrigth. Estoy convencido de que no era, ni es muy conocida por su ubicación y porque como un cerco artificial, el arquitecto que la diseñó la dejó en medio del conjunto de casas de uno y dos pisos. Invisible hacia las calles Los Carrera y Vicuña. Por eso es que hay que entrar al lugar para verla. Así es que en cierta forma los vecinos inmediatos, pensaron y terminaron creyendo de que era solamente de ellos. Pero los niños y adolescentes de esa época – fines de los setenta – pensábamos de manera distinta. Entonces en un acto de rebeldía la invadíamos. Nos juntábamos de día y de noche allí. Para jugar. Para enamorarse por vez primera los más grandes. Era la vida simplemente manifestándose. Era la infancia antigua jugando entre y con los árboles. Eran los jóvenes sentados en el pasto tocando guitarra y cantando y no era imprescindible una fogata ni la noche. Hoy está cambiada. La intervinieron. Hay más diseño. La convirtieron en una “plaza dura”. Hay más cemento. Hay juegos infantiles. Pero menos árboles. Menos niños. Menos vida. Más silencio.
En mi ignorancia arquitectónica y paisajística, algo en mí aún se rebela. Grita. No es solo esta plaza. Ocurre también en toda la ciudad. Alcanza ya también al pueblo y parte del valle poniente de Copiapó. Estamos talando nuestro frágil ecosistema. El valle transversal está en peligro. La búsqueda de nuestras propias parcelas – sean estas casas o bien terrenos grandes – para irnos a vivir supone un sacrificio. Y el cordero a sacrificar en primer lugar es nuestro valle. Son nuestros árboles. No nos damos cuenta que ellos y el río – que se tuvo que sumergir para seguir viviendo – son nuestra salvaguarda contra el desierto que nos rodea. Porque el desierto silencioso todo lo devora. Entonces un día será tarde para nosotros mismos darnos cuenta que no le habremos dejado nada a nuestros hijos y a nuestros nietos. Para algunos será fácil hacer las maletas e irse lejos. Algunos no podrán. Y otros pocos, recordando sus raíces y sus muertos no querrán marcharse y se quedarán a esperar su propio final en medio de lo que un día fue un pequeño paraíso.
Las palabras que acarrea el viento y la memoria.
Entonces recuerdo las palabras de un hombre que vivió en el otro extremo de nuestro continente, un jefe indio de la tribu Suquamish, Noah Seattle en el año 1854, cuando el gobierno de los Estados Unidos les ofreció comprar sus tierras, contestó a esa petición diciendo: “El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos, tendríais que recordar que son sagradas y así recordárselos a vuestros hijos. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Por supuesto sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser, tanto le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemiga, cuando ya la hecho suya la desprecia y sigue caminando, deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos sin importarle. ¿Qué puede hacer el hombre sin los animales? ¿Sin los árboles? Todo lo que le ocurre a la tierra les ocurrirá a los hijos de la tierra.
¿Dónde está el bosque espeso? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así se acaba la vida y empieza el sobrevivir”.

