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La prensa en Chile: memoria, independencia y la información como derecho humano

Por Vanessa Carrasco Muñoz. (en Instagram @vane_carrasco_)

Cada 13 de febrero Chile conmemora el Día Nacional de la Prensa. La fecha remite a la aparición de La Aurora de Chile en 1812, en pleno proceso de emancipación. No fue solo el nacimiento de un periódico: fue el surgimiento de una herramienta política. Desde su origen, la prensa en Chile no fue neutral ni decorativa. Fue espacio de disputa de ideas, de construcción de ciudadanía y de proyección republicana. La palabra impresa acompañó la formación del Estado y tensionó al poder desde sus primeros años.

A lo largo de la historia, ese rol no ha sido lineal ni exento de contradicciones. Pero si hay un momento en que la prensa demostró con claridad su sentido ético y político fue durante la dictadura. En un contexto de censura, persecución y silencio impuesto, coexistieron medios que replicaban la versión oficial del régimen y otros que, desde espacios muchas veces precarios y bajo permanente amenaza, optaron por resistir. Fueron comunicadores y comunicadoras quienes documentaron violaciones a los derechos humanos, recogieron testimonios de familiares, expusieron desapariciones y pusieron nombre a lo que el poder pretendía invisibilizar. Informar entonces no era un ejercicio profesional más; era un acto de riesgo y convicción democrática. Sin esa prensa de resistencia, la memoria histórica de Chile sería aún más fragmentada y la verdad habría tardado todavía más en abrirse paso.

Ya en la transición, el frente periodístico siguió enfrentando decisiones complejas. En los años noventa y principios de los dos mil, casos como el de Gloria Stockle no fueron abordados solo como hechos policiales, sino desde una perspectiva de derechos humanos. La periodista Jeannette Araya investigó y escribió con una mirada que se negaba a cerrar la historia como un crimen más, entendiendo que detrás de cada expediente hay una trama social, política y humana que merece ser comprendida en su profundidad. Esa forma de ejercer el periodismo también es memoria. Y también es justicia.

Sin embargo, el presente impone desafíos estructurales que no pueden obviarse. Chile carece de una legislación robusta que fomente la existencia de medios verdaderamente independientes y diversos. La concentración de la propiedad de los grandes medios, la precarización laboral y la dependencia de la publicidad limitan la pluralidad real. Hablar de libertad de prensa no puede reducirse a la ausencia de censura estatal. También implica condiciones materiales que permitan la sostenibilidad de proyectos informativos autónomos. La inestabilidad contractual, el trabajo a honorarios y la multiplicidad de empleadores son parte de un modelo estructural que debilita el ejercicio profesional.

Pensar el periodismo como objeto de políticas públicas no es un atentado contra su independencia, sino una discusión pendiente sobre el derecho humano a la información imparcial y de calidad. Así como el acceso a la educación y a la salud se reconocen como derechos, el acceso a información verificada, contextualizada y diversa debiera formar parte del debate democrático. Ello implica promover estándares de veracidad, perspectiva de género, inclusión de diversidades y responsabilidad editorial, no como consignas pasajeras, sino como criterios estructurales básicos para una sociedad que aspire a la igualdad.

A la vez, la profesión enfrenta una transformación profunda. Cada vez más periodistas migran hacia corporaciones o instituciones públicas y privadas, donde encuentran mayor estabilidad económica que en los medios tradicionales. El trabajo en prensa se precariza mientras se amplían las exigencias. Hoy un comunicador debe grabar, editar, transmitir en vivo, manejar redes sociales y producir contenido audiovisual, muchas veces en desmedro del tiempo necesario para investigar, reportear y escribir. La lucidez y la mirada crítica, que históricamente fueron el corazón del oficio, compiten con la urgencia de producir contenido constante. Se produce más, pero no necesariamente se investiga más.

En el plano global, la pregunta es aún más compleja. ¿Para quién escriben hoy los medios? La circulación impresa disminuye, las suscripciones digitales tienden a ser excluyentes. ¿Quiénes leen los medios sujetos a pago? Buena parte de la ciudadanía consume información a través de plataformas como TikTok o YouTube, lo que en parte explica, por ejemplo, el éxito de campañas políticas que no fueron vistas por el establishment. El combate contra las noticias falsas no se libra solo en salas de redacción, sino en algoritmos que priorizan viralidad sobre rigor. El desafío no es resistirse a esos espacios, sino comprenderlos y disputar en ellos con estándares profesionales. Si la conversación pública migró, el periodismo no puede quedarse anclado en formatos que ya no convocan.

La irrupción de la inteligencia artificial vuelve a tensionar el oficio. Hoy una máquina puede redactar notas, generar imágenes y programar publicaciones en redes sociales en segundos. Pero no puede decidir qué merece ser contado, desde qué perspectiva ni con qué responsabilidad ética. La tecnología no reemplaza la conciencia crítica. El desafío no es competir con la velocidad de los algoritmos, sino defender el criterio humano como núcleo del periodismo.

El Día Nacional de la Prensa no es solo una fecha conmemorativa. Es una invitación a revisar el sentido del oficio. Desde la imprenta insurgente de 1812 hasta los formatos digitales actuales, la pregunta sigue siendo la misma: informar para qué y para quién. En tiempos de sobreinformación y polarización, sostener independencia, memoria y compromiso con la verdad no es un gesto romántico. Es una responsabilidad democrática. Y también una decisión colectiva sobre el tipo de sociedad que queremos construir.