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LA COLUMNA MARCIAL

Por: Luis Astorga Camus

Astorga Dojo

 

LOS DEMONIOS DEL KARATE

 

Cuando iniciamos nuestro viaje en el Karate Do nunca se nos advierte de los grandes monstruos o demonios que nos esperan; y aunque el Sensei quiera salvarnos, no puede hacerlo pues tiene sus propios demonios. Pero él hará todo lo posible por ayudarnos a verlos, pues están escondidos entre la cotidianidad:

– Los demonios se esconden entre nuestros amigos, parejas, o incluso nuestros familiares, cuando nos invitan a fiestas diciendo: “no vayas a entrenar, otro día repones la lección”, “no te tomes el karate tan en serio”, “aprende a divertirte también”…

– Estos monstruos también se esconden en el deseo de preferir quedarnos en casa viendo una película antes que ir a darlo todo en el entrenamiento.

– En la pereza y en la falta de compromiso, pues estas ideas nos debilitan como un árbol con raíces débiles resistiendo grandes tormentas.

– Están en las excusas que inventamos para no sentirnos mal con nosotros mismos, creyendo que nuestro sensei es el demonio lanzamos la excusa como razón; pero lo que ignoramos es que nuestro maestro nos ve con ternura y sabe que hay un demonio cerca nuestro.

– También vemos demonios agarrando nuestra mente fuertemente; estos demonios nos dicen que el karate no es una prioridad sino un pasatiempo y el peor error es creerlo.

– En el miedo a ser golpeado o golpear y en la incapacidad de no ordenar nuestra vida, nuestro trabajo o nuestras obligaciones para asistir a los entrenamientos.

– Cada lección que faltamos es una batalla que perdemos contra ellos.

– Estas criaturas asesinas de sueños también se esconden en la desobediencia hacia nuestro maestro, en el deseo de correr y ganar cinturones o coleccionar kata sin darle el respeto y el peso que el tiempo merece.

– Los demonios se esconden en la comodidad en el entrenamiento, en las ganas de no continuar, de rendirnos, de no volver a pisar un tatami y es ahí cuando hemos sido derrotados para siempre.

Ser cinturón blanco es el tesoro más grande, la mentalidad de principiante, la ilusión de portar nuestro primer uniforme y nuestra cinta mal anudada; el ver a nuestros compañeros pateando alto o haciendo una kata ligeramente más avanzada; estos tesoros de no olvidar la primera vez que dijimos Oss y repetirlo como un eco el día que estemos dejando el mundo.

 

Eso es ser un cinturón blanco y negro a la vez.