Karen Pesenti, investigadora literaria: No escribo, yo leo e investigo, le hago preguntas a los libros
Debemos poner el ojo y la pluma en los Adolescentes.
En una distendida conversación desde el sillón rojo de Chañarcillo Televisión, Karen Pesenti, investigadora de literatura y magíster en la Universidad Alberto Hurtado, repasó su recorrido personal, académico y profesional en torno al estudio de la literatura, así como su rol activo en el fomento lector en la Región de Atacama. Con una mirada crítica, reflexiva y cercana, abordó temas que van desde la investigación literaria y los espacios culturales regionales hasta la urgencia de reencontrarse con los adolescentes a través de los libros.
Karen, ¿cómo nace tu vínculo con la literatura?
Uf… hablar de mí misma siempre es difícil. Es una evolución. Muchas versiones de Karen Pesenti. Pero si tengo que ubicar el comienzo, creo que hay un germen muy temprano: tengo recuerdos de que mi papá me regalaba libros cuando era muy chica, de tres años. Desde ahí hubo algo que empezó a inquietar. Soy profesora de inglés de formación, pero sentía que algo estaba incompleto. Ya viviendo en Santiago empecé con talleres de literatura. Entré al taller de Camilo Marks, donde casi todos publicaron sus cuentos. Yo estaba ahí solo para aprender a escribir, y ese fue un punto de inflexión.
¿Cómo fue ese tránsito desde los talleres al mundo académico?
Primero hice un diplomado en literatura infantil y juvenil, luego seguí con más talleres, y eventualmente llegué al magíster. Ahí todo tomó otra dimensión. Mi tesis se centró en literatura infantil y dictadura, un cruce que no se aborda con tanta claridad en Chile como sí ocurre en Argentina. Esa investigación me llevó a las jornadas de memoria en Córdoba, y luego a seguir desarrollando proyectos como talleres de escritura junto a colegas como Sergio Millán, con quien creamos el Estudio La Bruma.
¿Cómo defines el rol del investigador en comparación con el escritor?
Me lo preguntan harto. Y me gusta aclarar: yo no soy escritora. Soy investigadora. El investigador le hace preguntas al libro. Por ejemplo: ¿cómo se representa la violencia de género en la literatura juvenil? A partir de esa pregunta se construye un corpus, se comparan textos, se cruza con teoría. Es como diseccionar una rana. El escritor, en cambio, puede escribir desde cualquier motivación, desde el cuerpo, desde el territorio, desde lo vivencial. Yo leo y analizo. No escribo en el sentido literario.
¿Cómo ha sido tu experiencia fomentando la lectura en la región?
Ha sido variada y profunda. Cuando volví a Copiapó empecé con talleres pequeños, junto a Cristian Muñoz hicimos hartas actividades. Después, desde Santiago, ya con más herramientas, seguí con talleres y me involucré en muchos espacios. En la región hay movimiento, por ejemplo, la agrupación Atacama Letra, que aunque está en pausa, reúne a escritores que dan talleres de poesía y cuento. También impulsamos un taller de cuentos para adolescentes junto a la Fundación Neruda, pero se suspendió por el terremoto. Hay adolescentes que siguen preguntando cuándo volvemos.
¿Qué pasa con la adolescencia y la lectura?
Los adolescentes están completamente olvidados. Por la educación, por la literatura, incluso por las familias. Y es donde más deberíamos poner el ojo. Se les tiene miedo. La educación media funciona con otra lógica. Pero los adolescentes escriben mucho. Wattpad está lleno de ellos. Son voces que están ahí y nadie está leyendo. Necesitan ser escuchados, queridos y leídos. A los niños pequeños ya los estamos atendiendo bien, pero los adolescentes… a ellos los dejamos ir.
¿Cómo ves la escena literaria en Atacama?
Hay harto movimiento. Gente muy valiosa dando talleres. Elena Hertstein, por ejemplo, una excelente poeta, muy activa. También la Blanca Vial y Romina Castro, tremendos talentos que descubrimos en la Universidad de Atacama. Hay que estar atentos a esas voces nuevas. Ahora pronto voy a Freirina, a un encuentro de escritores y bibliotecarios, y después me voy a Buenos Aires al evento Ecosistema del Libro, donde se analiza cómo se mueve el libro desde el autor hasta el lector. Buenos Aires es otro mundo lector. Allá la gente compra libros con crédito, algo impensado antes. Pero sigue habiendo pasión por leer.
¿Cómo evalúas la relación entre los libros y el público en Chile?
Siempre se ha dicho que el chileno no lee. Yo creo que eso es una mentira. Lo que pasa es que las editoriales no siempre han dado con el libro que el chileno sí quiere leer. En ferias del libro, como en Antofagasta o Calama, se vendían muchos libros de economía, emprendimiento, liderazgo… incluso más que los de autoayuda. Eso demuestra que hay demanda. Si no leen, es porque no les hemos puesto en las manos el libro que necesitan. Hay libreros que ya entendieron eso y adaptan su oferta. Pero hay que seguir empujando.
Mencionaste un punto muy fuerte: que la escena literaria regional es muy masculina. ¿Cómo lo enfrentas tú?
Con trabajo y con redes. Yo creo que muchas mujeres están escribiendo muy buena poesía, pero el espacio está dominado por lógicas masculinas. Me lo explicó un amigo: los hombres se ayudan entre ellos porque juegan fútbol. Se pasan la pelota aunque no se caigan bien. Nosotras no aprendimos eso. El patriarcado nos enseñó a ser enemigas. Eso tiene que cambiar. Sin hablar de un solo feminismo, porque son muchos, pero sí desde una conciencia de que tenemos que apoyarnos entre mujeres, como escritoras y como investigadoras.
¿Qué mensaje le dejarías a quienes están leyendo esta entrevista?
Que no le tengan miedo a los adolescentes. Que los escuchen, que los lean. Que pregunten qué les interesa y que busquen el libro que les haga sentido. También, que se animen a entrar al mundo de la investigación literaria, porque es una forma distinta de leer, más profunda, más comprometida. Y a las mujeres: que nos sigamos encontrando, apoyando y leyendo entre nosotras. Porque las letras también son una forma de resistencia.


