Donde el cuerpo aprendió a hablar: Por Antonio Alfaro Rivera Escritor/Historiador
Donde el cuerpo aprendió a hablar
Por Antonio Alfaro Rivera
Escritor/Historiador
El flamenco no nació para ser escuchado. Nació para no morirse por dentro.
Nació cuando el dolor ya no cabía en el pecho y necesitaba salir de alguna forma, aunque no hubiera palabras para nombrarlo. Cuando no existían escenarios, ni focos, ni aplausos. Cuando no había público porque nadie pensaba en mostrarse ni en ser visto. Solo había cuerpos cansados por el trabajo y la persecución, espaldas dobladas por el peso de la historia, voces rotas por el cansancio y una urgencia compartida: seguir existiendo un día más, resistir un amanecer más.
El flamenco apareció como una respuesta visceral a la adversidad. Como un gesto casi instintivo, nacido más del cuerpo que dé la razón. Como una forma de respirar cuando el aire parecía faltar. No buscaba belleza, aunque la encontró. No pretendía ser arte, aunque terminó siéndolo. Era, antes que nada, una necesidad vital, una forma de no desaparecer del todo.
El flamenco no es solo música ni solo baile. Es una manera de estar en el mundo. Una forma de plantarse frente a la vida con dignidad incluso cuando la vida aprieta y empuja contra el suelo. Es rabia contenida, memoria heredada, herida abierta y también celebración obstinada. Es llanto que se vuelve canto y cuerpo que resiste moviéndose, golpeando el suelo para recordarse vivo, para decir sin palabras: todavía estoy aquí.
Para entenderlo hay que viajar atrás en el tiempo. Muy atrás. A un territorio donde la diversidad fue primero riqueza y luego condena. A un lugar donde convivir fue posible durante siglos, hasta que dejó de serlo y la diferencia se convirtió en delito.
Cuando el dolor buscó voz
La historia del flamenco comienza en Andalucía, una tierra que durante siglos fue cruce de caminos y de culturas. Por allí pasaron visigodos, árabes, judíos y cristianos. Cada pueblo dejó algo: sonidos, escalas musicales, ritmos, formas de rezar, de cantar y de narrar el mundo. Nada desapareció del todo. Todo quedó flotando en el aire, mezclándose sin pedir permiso, sedimentándose con el paso del tiempo.
Durante largos períodos, esa convivencia fue posible. Las diferencias no siempre fueron conflicto. El intercambio cultural era parte de la vida cotidiana. Las músicas se escuchaban unas a otras, los cantos se influenciaban, los ritos se rozaban y se transformaban. Andalucía era un territorio vivo, mestizo, complejo, donde la identidad no era fija sino cambiante.
A ese crisol se sumó, en el siglo XV, un pueblo nómada que venía desde el norte de la India y Pakistán: los gitanos. Llegaron tras un largo éxodo, trayendo consigo su lengua, sus ritmos, sus historias orales y una forma libre de entender la vida. Al principio fueron recibidos bien. Pero la historia cambió rápido.
Con la unificación de España bajo los Reyes Católicos, la diversidad dejó de ser tolerada. Se impuso la idea de un solo modo de vivir, creer y hablar. La diferencia comenzó a verse como amenaza. Llegaron las prohibiciones, las persecuciones y los castigos ejemplares. Moriscos, judíos sefardíes y gitanos fueron obligados a renunciar a su lengua, a su vestimenta, a sus costumbres y a su identidad. A muchos se les condenó a trabajos forzados en las galeras. Otros huyeron. Otros se escondieron. Todos cargaron el mismo miedo y la misma pérdida.
La marginación empujó a estas comunidades a vivir en los bordes de las ciudades o en lugares impensados. Uno de ellos fue el Sacromonte, en Granada. Cuevas excavadas por manos humanas, encaladas para resistir el calor extremo, convertidas en refugio de quienes no tenían otro lugar donde ir ni otra forma de protegerse.
Allí convivieron gitanos, moriscos, negros libertos y pobres. No por elección, sino por supervivencia. Compartían la misma herida: haber sido expulsados de lo que eran y de lo que habían sido, vivir siempre al margen de lo permitido.
En ese contexto, el arte no era un lujo. Era una urgencia vital.
El flamenco no surgió para entretener ni para agradar. Surgió para desahogarse. Para soportar la pérdida constante, la espera interminable, el miedo cotidiano, el hambre y la injusticia. Para resistir sin palabras cuando las palabras estaban prohibidas o castigadas.
El cante flamenco, en su origen, es un cante de queja. De denuncia. De angustia. Un lamento que no busca aplausos, sino alivio. Un sonido áspero y roto que parece rasgar la garganta porque viene cargado de siglos de silencios forzados.
Ese lamento es el quejío. No es una técnica aprendida. Es memoria acumulada. Es historia comprimida en un grito que atraviesa generaciones y conecta cuerpos separados por el tiempo.
Los primeros cantes se daban en la intimidad: en reuniones familiares, en fraguas donde se trabajaba el metal, en patios cerrados o en noches sin luna. No había público. Todos eran parte. El arte se transmitía de padres a hijos como una herencia emocional, como un manual de supervivencia para el alma.
Un arte que sobrevivió en la sombra
Desde su origen, el flamenco fue un arte mestizo y frágil, sostenido más por la memoria que por la escritura. En sus melodías resuenan ecos de antiguas llamadas a la oración musulmana; en sus giros melancólicos aparecen rastros de cantos sefardíes; en su pulso rítmico late el largo viaje del pueblo gitano. Nada de eso fue planificado. Todo ocurrió de manera orgánica, como ocurre con las culturas que no se imponen, sino que sobreviven.
En esta etapa inicial, la voz lo era todo. Una voz desnuda, sin artificios, que cargaba la experiencia de generaciones enteras. El baile era contenido, más cercano al desahogo que a la exhibición. La guitarra, cuando existía, apenas marcaba el pulso con unos pocos acordes, sosteniendo el canto como quien sostiene a otro para que no caiga.
El flamenco no se aprendía en escuelas. Se absorbía. Vivía en los patios, en las cocinas, en las fraguas, en las reuniones familiares donde el tiempo parecía suspenderse. Era un arte transmitido por cercanía, por imitación, por afecto.
Durante mucho tiempo fue clandestino. No porque alguien lo declarara ilegal, sino porque pertenecía a quienes no tenían lugar en el mundo oficial. Vivía puertas adentro. Latía en el corazón de las familias y de los barrios marginados. Era un arte compartido entre iguales, sin testigos externos.
Y en esa sombra se mantuvo vivo.
Del margen al mundo
En el siglo XIX, las ciudades crecían y buscaban nuevas formas de ocio. Así surgieron los cafés cantantes. Para el flamenco, aquello fue una revolución.
Por primera vez salió de las casas y llegó a un escenario. Por primera vez dejó de ser solo un acto íntimo para convertirse en algo visible. También fue la primera vez que muchos pudieron vivir de su arte.
Se consolidaron los tres pilares: cante, baile y toque. El cante se volvió más complejo. El baile ganó fuerza y presencia. La guitarra dejó de ser fondo y comenzó a dialogar.
Pero también apareció la tensión entre verdad y espectáculo. Para agradar al público, a veces se exageró el gesto y se simplificó la emoción. El flamenco rozó lo pintoresco.
Aun así, había cruzado un umbral: había encontrado un lugar en el mundo sin perder del todo su raíz.
Cuando el flamenco vuelve a elegir cuerpo
El flamenco cruzó el océano. Llegó a América. Y sigue floreciendo en lugares inesperados.
En Copiapó, en pleno desierto de Atacama, ese arte nacido en cuevas andaluzas vuelve a encontrar sentido. No como copia, sino como experiencia viva. Allí, desde hace siete años, la academia Tacón y Compás sostiene un espacio donde el flamenco se practica con disciplina, comunidad y convicción.
Cada cierre anual no es solo una muestra. Es la culminación de un proceso íntimo y colectivo. Mujeres que trabajan, que llegan cansadas, que eligen quedarse. Que pagan por estar ahí. Que deciden aprender un lenguaje que no les fue heredado, sino elegido.
Como en todo evento que se precie de profesionalismo hay mucho trabajo y muchas personas que no siempre están sobre el escenario, pero son vitales para la puesta en escena como la diseñadora de vestuario Ruth Vega Zambra, quien realizó todo el vestuario de las bailarinas y la escenografía a cargo de María Fernanda Brooks que realzó la puesta en escena. La fotografía de Esteban Aguirrecapturó los momentos para clavarlos en la eternidad.
En la velada de cierre, con la dirección y coreografías de Sabrina Román Páez,treinta y tres mujeres subieron al escenario. Bastó el primer rasgueo para que todo cambiara. El flamenco hizo lo que siempre hace: abrir el cuerpo para que la emoción tenga salida.
El taconeo tronó como tormenta sobre tierra seca. Los cuerpos hablaron. Los brazos se elevaron como oraciones. La música sostuvo cada quiebre.
La voz poderosa y prístina de la cantaora Pilar Escandón Rosslelot, llenó el aire de la sala y se clavó en cada uno de los corazones, la guitarra maestra de Javier Tapia Gahona, rasgaba no solo el aire sino también las almas allí presentes y la percusión, a cargo de Lucas Ledesma, marcó el pulso que sostuvo cada paso. El cante, la guitarra y la percusión tejieron el espacio donde el baile pudo decir lo que no se dice con palabras.
Al final, solo quedaba el aplauso largo. No solo al espectáculo, sino también al camino recorrido.
Porque el flamenco, cuando es verdadero, no pertenece a un lugar. Pertenece a quienes lo encarnan.
Y en Copiapó, tajo verde enclavado en el desierto más árido del mundo, volvió a decir —con voz de mujer—:
¡Aún sigo aquí!

