Política

Columna de opinión: Cuando la perspectiva no alcanza: puerperio, interseccionalidad y decisiones incómodas

Por Vanessa Carrasco Muñoz.

Comunicadora social.

La reaparición pública de Emilia Dides y Vanesa Borghi en la Gala del Festival de Viña del Mar, a días de haber dado a luz, abrió un debate que dice menos sobre ellas y más sobre cómo ciertos feminismos están leyendo la autonomía femenina cuando ésta incomoda. No se trata de negar el puerperio ni de minimizar los desafíos físicos y emocionales que implica. Se trata de preguntarse desde dónde se está mirando y a quién se le reconoce capacidad de decisión.

Desde espacios feministas y también desde El Mostrador Braga, la escena fue interpretada principalmente como un síntoma de presión mediática, de estándares de imagen irreales y de un sistema que empuja a las mujeres a regresar rápidamente a la exposición pública tras el parto. Ese diagnóstico no es falso. El problema aparece cuando se transforma en una lectura totalizante, que borra las diferencias materiales y simbólicas entre unas maternidades y otras.

El puerperio no es una experiencia homogénea. No se vive igual cuando se cruza género con pobreza, con migración, con precariedad laboral o con ausencia de redes de apoyo. En esos contextos, la protección del puerperio no es una consigna cultural: es una urgencia política y social. Ahí el feminismo tiene un rol claro en exigir garantías, tiempos, condiciones y cuidados que hoy no existen para muchas mujeres.

Pero cuando se omite deliberadamente la interseccionalidad, el análisis se desliza hacia otro lugar. Cuando se habla del puerperio como si todas las mujeres lo atravesaran en idénticas condiciones, se termina construyendo una norma implícita sobre cómo “debería” vivirse. Y toda norma, incluso cuando se presenta como emancipadora, corre el riesgo de volverse restrictiva.

En el caso de mujeres con recursos, con redes, con capacidad de decisión sobre su tiempo y su cuerpo, la exposición pública puede ser una elección consciente, discutible si se quiere, pero elección al fin. Leer esa decisión exclusivamente como resultado de la presión del espectáculo implica algo más que una crítica estructural: supone que esas mujeres no saben, no comprenden o no son plenamente conscientes de su propio proceso. El desacuerdo deja de ser político y pasa a explicarse como déficit o carencia (¿de consciencia?).

 

Ahí aparece un problema que el feminismo debería mirar con más cuidado: la tendencia a transformar la crítica en tutela. Cuando una decisión que no nos gusta se explica reduciendo la capacidad reflexiva de quien la toma, se incurre en una forma de injusticia epistémica intrafeminista. No se discute la estructura, se desautoriza al sujeto.

El feminismo no puede convertirse en un dispositivo que jerarquiza qué decisiones son válidas según el tipo de mujer que las toma. Si la autonomía solo se reconoce cuando la elección coincide con ciertos marcos normativos sobre la maternidad “correcta”, entonces ya no estamos ampliando libertades, sino administrándolas.

Defender el puerperio como derecho no implica imponer una única manera de transitarlo. La perspectiva de género pierde sentido cuando se desentiende de la interseccionalidad y se vuelve moralizante. Porque el objetivo no es producir maternidades ejemplares, sino garantizar que cada mujer pueda decidir, con información y condiciones, cómo vivir ese proceso.

Tal vez el desafío sea volver a una pregunta más incómoda pero más honesta: ¿estamos criticando las estructuras que presionan a las mujeres o estamos castigando, simbólicamente, a quienes no encajan en la imagen de maternidad que consideramos políticamente aceptable? Cuando el feminismo deja de incomodar al poder y comienza a vigilar decisiones individuales, algo se desplaza. Y ese desplazamiento merece ser discutido.