PROFESORES DEL FUTURO
POR LUIS SOTO ROGEL,
MAGISTER EN EDUCACIÓN,
ONG MILLENIUM ATACAMA.-
Hace unos treinta años atrás, el rector de un prestigioso colegio religioso me entrevistó para reclutarme como profesor. Después de un muy enfocado cuestionario, me recalcó que lo que quería para su Colegio era algo más que profesores, requería que estos en realidad fueran “apóstoles”. Por supuesto que la expectativa de este rector, en el caso expuesto, tenía una muy justificable explicación doctrinal pero que, hasta muchos años antes, no era tan extraña a la idea generalizada, también en el mundo laico, donde existía un término acuñado para referirse a los profesores como los “apóstoles de la educación”. Los jóvenes que aspiraban a ser profesores lo entendían así y seguían esa noble causa con la ilusión y entrega de un novicio religioso. Sabían que esa devoción estaba muy lejos de ser compensada económicamente y que más bien les esperaba un futuro de necesidades insatisfechas.
Pero hay que decir también, que en esa época había si un generalizado reconocimiento social a la labor del profesor, especialmente en la ruralidad, en la que solía tener un implícito rango de autoridad, por ejemplo, al presidir ceremonias locales compensando, en cierta forma con esa distinción, las vicisitudes que conllevaba la paga precaria. Como contraste con el presente, hay estudios que señalan que hoy día en Chile, aunque la valorización social de la profesión es aun relativamente alta, ubicándose en el cuarto lugar de las más valoradas por la ciudadanía, los jóvenes no la eligen. De mantenerse esta situación, en el año 2025 habría un déficit de más de 32 mil docentes.
Pero, ¿será sólo el factor reconocimiento social el que esté incidiendo en esta tendencia? Probablemente también el remuneracional debe ser otro factor, dado que el progresivo mejoramiento en las condiciones económicas todavía es muy insuficiente, en especial conocidas las tensionantes condiciones de trabajo que se derivan de las demandas técnico – pedagógicas – administrativas que forman parte de las exigencias laborales que, en el espíritu de mejorar la educación a través de las mediciones flanqueadas por rigores estandarizantes, sobreabundan en documentos para el registro estadístico. Trabajar en esa documentación demanda tiempo que se resta al que hoy, más que nunca, se requiere para elaborar y poner en plataformas digitales diferentes archivos en las que se deben subir guías, tareas, pruebas y videos, elaborados y estructurados como elementos necesarios para la enseñanza, y que compitan en atractivo con la incontrarrestable oferta digital en las manos de los estudiantes desde sus primeros años de vida. Pero, lo más grave para la educación del futuro no está sólo en la crisis de vocaciones para el “apostolado”, sino también en la abismante e inédita situación del qué enseñar en momentos en que el conocimiento se desborda por los vertiginosos avances tecnológicos que descolocan y sobrepasan las capacidades necesarias para ordenarlos y darle un sentido práctico y ético la vez.
En la antigua Roma, hacia el año 700 AC, la educación se basaba en el estudio de la literatura latina y griega, además del arte de la oratoria. Hacia el año 500 AC, o sea unos doscientos años después, esa situación había variado muy poco. Del mismo modo, hace mil años, en el año 1021 DC, en China la gente no sabía muchas cosas del futuro, pero no obstante estaba convencida de que las características de la sociedad humana no cambiarían y que la gente seguiría trabajando como agricultores y tejedores, por tanto los padres de familias pobres enseñaban a sus hijos a plantar arroz o a tejer seda y los padres más ricos enseñaban a sus hijos a leer los clásicos confucianos, a escribir caligrafía o a luchar a caballo, y a sus hijas a ser amas de casa modestas y obedientes. Así, en 1071, cincuenta años después, efectivamente esas habilidades eran aún necesarias y suficientes porque las cosas no habían cambiado mucho. Pero hoy día, en este pandémico año 2021, no tenemos ni idea de cómo será China ni el resto del mundo en cincuenta años más. La bioingeniería, la nanotecnología, el desarrollo espacial, traen aparejados de por si enormes y revolucionarios conocimientos pero que, interrelacionados a través de la IA (Inteligencia Artificial) con las diferentes disciplinas, traen un potencial de transformaciones materiales para las cuales corremos el riesgo de no tener la capacidad física y mental para adaptarnos.
Ante este panorama, ¿cómo deberá o intentará ser el profesor del futuro? Si tan sólo nos situamos en el manejo informático ya tenemos que el profesor deberá estar disponible para abrir, conectar y canalizar la información entre todas las demás áreas del conocimiento para fomentar en sus alumnos la habilidad de relacionar reflexivamente ideas y saberes generando conocimiento innovador. Para ello el currículo escolar debe considerar y aceptar altos grados de flexibilidad e interdisciplinariedad.
En este siglo XXI, en un mundo inundado de una cantidad enorme de información en el que no hay censor que pueda seleccionarla, el profesor no podrá intentar ser tan solo otro agente más de entrega reiterativa de información. Su rol deberá ser orientar a sus alumnos para detectar la desinformación o las instancias puramente distractivas que desenfocan la atención de lo relevante. El papel del educador del futuro tendrá que ver también con su responsabilidad en la orientación ética que permita analizar con la misma sensatez y la debida sensibilidad y visión valórica, fenómenos de la convivencia humana que están en pleno desarrollo, como son la información y comunicación en las redes sociales, la migración, la protección del medio ambiente, la defensa animal, la diversidad sexual, la igualdad de género, las demandas sociales, la pandemia, entre otros, e integrarlos junto con los avances técnico – científicos, como los espaciales, y que hoy nos conmocionan con la instalación en Marte de aparatos que pueden estar marcando el rumbo más impensado para la especie humana que hacen inimaginable el futuro en el año 2051. Es decir, en apenas treinta años más es probable que a la especie humana nos sucedan cambios más radicales que los acontecidos en doscientos años en la época medieval. Consecuentemente, expertos educacionales proponen para la educación de estos tiempos un nuevo Quadrivium (cuatro temas o artes enseñados en la antigüedad), más adaptativo que el clásico y al cual se le denomina de las cuatro C (pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad). A este basamento curricular que debería considerar el profesor del futuro, nos permitiríamos agregar un par de conceptos a nuestro juicio fundamentales, tolerancia y solidaridad, valores en permanente vulnerabilidad ya que su ubicación es cada vez más distante del criterio contemporáneo absorbido por la intransigencia del individualismo existista.



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