El paso de los centinelas: Memoria, honor y justicia para Gendarmería de Chile
Por: Carlos Iván Leal Varas
Abogado, hijo de un Suboficial Mayor de Gendarmería de Chile (Q.E.P.D.)
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Ver desfilar a Gendarmería de Chile a paso firme sobre la elipse del Parque O’Higgins este 19 de septiembre de 2026, en el marco solemne de las Glorias del Ejército, no constituyó un mero protocolo republicano ni una simple postal cívica. Fue, en su expresión más pura y conmovedora, un acto de estricta justicia histórica. Cuando las transmisiones televisivas mostraron la profunda emoción del Director Nacional de la institución, no vimos únicamente a una autoridad quebrada por la marcialidad del momento; vimos el desahogo de generaciones enteras, el cumplimiento de un anhelo largamente postergado y el abrazo fraterno a miles de hombres y mujeres que portan con abnegación el uniforme verde boldo a lo largo y ancho de nuestra patria.
Escribo estas palabras embargado por un doble sentimiento que ha forjado mi vocación y mi vida entera. Las redacto desde mi oficio como abogado y como una orgullosa «cría fiscal» —alguien que se crio y formó entre el rigor de los códigos, los estrados judiciales y los engranajes de la persecución penal—; pero, por sobre cualquier título o tribuna, las escribo desde el amor infinito e indeleble de ser hijo de un Suboficial Mayor de Gendarmería de nuestra amada Región de Atacama.
Mi padre ya no está físicamente con nosotros; partió a la presencia de Dios. Sin embargo, tengo la absoluta certeza de que este 19 de septiembre, desde aquel cuartel eterno en el cielo, contempló esta Parada Militar con el pecho henchido de orgullo, con su gorra impecable y una sonrisa luminosa al ver que la institución a la que rindió su juventud y sus mejores desvelos marchaba, por fin, con el reconocimiento pleno que la República le adeudaba.
Quienes crecimos en hogares de suboficiales en el norte minero y desértico conocemos una realidad que rara vez aparece en las crónicas oficiales. Sabemos lo que significa la soledad de una garita castigada por el viento gélido de la noche atacameña; conocemos el peso del silencio familiar ante los prolongados e inciertos traslados de internos por caminos polvorientos; y vivimos la angustia contenida de una mesa donde el plato se enfriaba porque un procedimiento extraordinario o una custodia judicial impedían el regreso a casa. Nuestros padres no solo custodiaron cárceles: miraron de frente la adversidad, preservaron el orden con temple de acero y entregaron la salud y el tiempo con sus seres queridos a cambio de garantizar la paz de una sociedad que, muchas veces, optó por la indiferencia.
Esta vocación no es fruto del azar. Para comprender la estatura moral de Gendarmería es imperativo recorrer sus páginas fundacionales. La relación de nuestra tierra con esta función republicana es centenaria: ya en 1794, en virtud de una Real Provisión virreinal, se erigían los muros de la antigua cárcel de Copiapó, mucho antes de que el país consolidara sus fronteras institucionales. Más tarde, en 1843, fue el Presidente Manuel Bulnes quien impulsó la construcción de la Penitenciaría de Santiago para erradicar la degradación de los viejos presidios ambulantes y consagrar la reforma del corazón y la instrucción de los condenados como norte de la pena. Esa convicción motivó la creación de la Guardia Especial en 1871 y derivó, de manera categórica, en el Decreto N° 214 del 2 de febrero de 1911 firmado por el Presidente Ramón Barros Luco, cuerpo legal que dio nacimiento orgánico a la «Jendarmería de Prisiones» con despliegue a lo largo de todo el territorio nacional.
Atesoro con emoción una de las reflexiones más profundas que enseña la Escuela Institucional en su doctrina histórica: «No son soldados, si bien pudieran parecerlo, pero sí lo son en función de asumir la responsabilidad de un sector de la defensa social; no son apóstoles, pero actuarán como tales en razón de la devoción que impondrán a su labor; no son médicos y ejecutarán labores de medicina rehabilitadora; no son juristas, y deberán cooperar con la justicia… Son simplemente chilenos, bien nacidos, mejor inspirados, compatriotas nuestros que han elegido esta dura profesión como una buena manera de servir a la patria: Son Gendarmes de Chile».
Hoy la institución enfrenta una encrucijada crucial de cara al porvenir. El proceso de modernización, la promulgación y ajuste de su nueva Ley Orgánica y la inminente transición hacia un nuevo ministerio enfocado de lleno en la seguridad pública representan un salto estratégico imprescindible. El país ha cambiado, la criminalidad se ha complejizado y las cárceles han devenido en la trinchera más determinante para la seguridad nacional. Con ese nuevo protagonismo vendrán, sin duda, mayores responsabilidades, recursos y exigencias operativas; pero también traerá consigo el despertar cívico del ciudadano de a pie, que comprenderá que la tranquilidad de nuestras calles comienza precisamente en la contención, custodia y disciplina penitenciaria.
A los oficiales y muy especialmente a los suboficiales que hoy visten el uniforme en las unidades penales y especiales de Atacama y de Chile entero; a quienes resisten en la garita, en el pabellón, en los tribunales y en los traslados: caminen con la frente en alto. A sus familias, baluartes silenciosos de tantas vigilias: reciban la gratitud de un pueblo que hoy los reconoce. Y a ti, padre mío, querido Suboficial Mayor, descansa en paz sabiendo que tu estirpe y tus camaradas estuvieron a la altura del honor más sublime.
La historia ha comenzado a saldar su deuda. Todo va a salir bien.

