DIGNIDAD E INCLUSIÓN: TRANSFORMAR EL DESARROLLO EN BIENESTAR PARA TODOS
POR MANUEL MADRID DEL REAL,
GERENTE GENERAL,
DIARIO CHAÑARCILLO.-
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En la última década, Atacama ha reducido en 6,1 puntos porcentuales la proporción de personas en situación de pobreza multidimensional, desde 26,3% en 2015 hasta 20,2% en 2024. Sin embargo, la región todavía se encuentra 2,5 puntos por sobre el promedio nacional, que alcanza el 17,7%. Las cifras pueden llevar a error si la leemos solas, y más bien confirma algo que se dice desde que tengo memoria, que los ingresos que produce la región no se traducen automáticamente en mejor vida para quienes la habitan. Porque calidad de vida es vivienda, es educación, es salud, es conectividad y es entorno, y ahí aparece la pregunta que realmente importa a los atacameños. ¿Cómo hacemos que el desarrollo que Atacama genera se convierta, de verdad, en bienestar para todos?
La respuesta grande, la que rompe ciclos y no solo los administra, es la educación, que es también la puerta de salida. No existe herramienta más poderosa para sacar a un niño del lugar donde nació que darle capacidades distintas a las de su familia de origen, y ese camino, para que no sea una ilusión, hay que empezarlo temprano. Incentivar la lectura desde la infancia mejora el rendimiento escolar, amplía el vocabulario, desarrolla concentración y capacidad de expresión para toda la vida, y le entrega al niño, que luego será un ciudadano, autonomía de decisión y discernimiento, algo muy necesario para el mundo de hoy. Es, además, un desafío abordable en el corto plazo, interviniendo el primer ciclo de la educación básica en unos colegios que no son muchos para el PIB que generamos, y entregando herramientas reales a los jóvenes de Atacama.
Pero la educación toma tiempo en traducirse en calidad de vida, y mientras ese tiempo transcurre hacen falta otras cosas, mecanismos y redes que hagan más tolerable el presente de quien hoy vive en la pobreza, que le den expectativa de futuro y lo inviten a creer en soluciones de largo plazo. Parte de esa tarea es gestión pública pura. Es más difícil entrar al hogar de cada familia a ver qué necesita y cómo se financia; es más simple, en una primera etapa, enseñar a habitar y ocupar mejor los espacios que ya existen y diseñar proyectos que mejoren las condiciones de vida de las personas.
No se trata solo de construir más. Se trata de construir con sentido, propiciando habitabilidad y conectividad empática con la ciudad, con una línea común que responda a la planificación real que los planes reguladores debieran entregarnos y que la autoridad todavía nos debe. Y en esa línea no puede olvidar lo que ya tenemos. Copiapó cuenta con activos como el Parque Kaukari y el Parque El Pretil, que debemos integrar más a la vida cotidiana y conectar con los barrios. Tenemos una red de buses extraordinaria que no basta con valorar, hay que incentivar su uso y adaptarla a la realidad cuando corresponda. En esa misma línea, urge retomar la arborización, iluminar bien nuestras calles y fortalecer el barrio cívico como corazón de servicios, identidad y encuentro. Y urge también coordinar mejor las obras públicas que afectan la ciudad, para evitar que distintos organismos intervengan sucesivamente un mismo sector generando cierres y desvíos evitables, e informar con claridad a la comunidad sobre el avance real de la obra que le pide paciencia.
Hay que distinguir, eso sí, esta infraestructura que mejora el vivir cotidiano de aquella otra, no menos importante, que podemos llamar habilitante estratégica, la que necesitamos para calzar nuestro territorio con el desarrollo económico que viene (minería, energía, nuevas industrias), de modo que ese crecimiento efectivamente se instale, escale y genere empleo en Atacama. Planificarla, identificar sus brechas, priorizar y preguntarnos qué construir, dónde y para qué desarrollo, es un deber prioritario que debemos imponernos.
Esto supone una inversión pública relevante, necesaria no solo para Atacama sino para el país. Somos, en este preciso momento y como en otros momentos antes en la historia, una región estratégica, y lo que ocurra aquí en los próximos años puede determinar si somos capaces, como país, de concretar las oportunidades que tenemos por delante, o si terminamos lamentando, una vez más, haberlas dejado pasar. Esa inversión es además necesaria para fortalecer el empleo, palabra clave si hablamos de pobreza.
¿Cómo se explica que una región que registra crecimientos de PIB de dos dígitos conviva, al mismo tiempo, con desempleo? Parte de la respuesta está en las condiciones de habitabilidad que ya señalamos. Si no ofrecemos vivienda, transporte, servicios, espacios públicos y una ciudad donde los trabajadores de las grandes inversiones puedan vivir como en sus lugares de origen, dificultamos su llegada y permanencia, justo lo que el desarrollo necesita para que el dinero se quede y genere más trabajo en la ciudad.
El desarrollo se parece más a sembrar que a cosechar, primero hay que preparar el terreno. Atacama no puede esperar a que llegue la inversión para recién entonces preguntarse si está preparada para recibirla. La infraestructura habilitante, la vivienda, el transporte, los servicios y las condiciones de habitabilidad deben anticiparse a ese crecimiento. Porque cuando las oportunidades llegan, las regiones que están preparadas las aprovechan; las que no, las ven pasar.
Hay finalmente otra realidad que tampoco podemos tratar por separado, la pobreza que se concentra en las tomas, muchas veces asociada a población migrante. No es un problema ajeno, es parte de la misma pobreza que buscamos reducir. Oponerse a la migración es como negarse a las olas del mar, ocurre desde los inicios de la humanidad y seguirá ocurriendo; el desafío es ordenarla y regularla, reconociendo que la construcción no minera, la actividad agrícola, doméstica y de cuidado ya dependen de esa fuerza laboral. Pero reconocer ese aporte exige hacernos cargo de las condiciones en que vive quien llega. Debemos continuar y profundizar la vivienda social como respuesta común a la precariedad y el hacinamiento, sea cual sea el origen de quienes los enfrentan. La inclusión no es solo un principio ético, es una política de prevención y cohesión social. Lo contrario es sembrar bolsones de resentimiento que, en no muchos años más, nos caerán de los cerros como el peor de los aluviones.
Todo esto exige mirar el territorio como un solo sistema, donde la educación abre la salida, la infraestructura habilitante engancha el desarrollo económico que se aproxima, la infraestructura de calidad de vida dignifica el presente, la conectividad racional nos devuelve tiempo valioso, la vivienda social evita que la pobreza de las tomas quede aparte de la nuestra, y un diagnóstico serio de las verdaderas capacidades técnicas de nuestros profesionales asegura que todo lo anterior se pueda ejecutar. Atacama tiene una enorme capacidad de generar riqueza en minería, energía y construcción, pero su verdadero éxito no se mide solo por la inversión que llega, sino por la capacidad de ese desarrollo para mejorar la vida de las personas. Porque el desafío de Atacama no es solo generar más riqueza, sino conseguir que se convierta en bienestar compartido.
Esa es precisamente la conversación que queremos abrir en nuestro próximo Desafíos de Atacama: «Dignidad e inclusión: cómo transformar el desarrollo en bienestar para todos», una invitación a discutir juntos las brechas que todavía tenemos y las decisiones concretas que podemos tomar para cerrarlas.

