Septiembre es el mes de la Biblia
Por Osvaldo Carvajal Rodríguez
Profesor de Estado en Historia y Geografía
Pocos libros han ejercido una influencia tan profunda y duradera en la historia de la humanidad como la Biblia. Sus relatos, símbolos, enseñanzas y personajes han atravesado siglos y fronteras, alimentando la fe de millones de personas e inspirando expresiones decisivas de la literatura, el arte, la música, el pensamiento, el derecho y la vida social. Incluso más allá de la experiencia religiosa, conocer la Biblia permite comprender mejor una parte fundamental de la cultura de Occidente y del patrimonio espiritual de numerosos pueblos.
Sin embargo, para los cristianos la Biblia es mucho más que una obra de extraordinario valor histórico o literario: es Sagrada Escritura, testimonio de la revelación de Dios y Palabra viva que alcanza su plenitud en Jesucristo. En sus páginas se conserva la memoria de la alianza de Dios con su pueblo, la promesa de salvación y el anuncio del Evangelio que la Iglesia ha recibido, custodiado y transmitido de generación en generación.
La Biblia no apareció como un volumen único ni fue redactada de una sola vez. Es una verdadera biblioteca, formada por libros de diversos géneros, autores, épocas y contextos, cuyo proceso de composición, transmisión y reconocimiento se extendió durante siglos. Comprender esa historia ayuda a valorar mejor el texto que hoy tenemos en nuestras manos.
Los Orígenes de la Escritura Sagrada (S. VIII – VI a.C.)
La fijación por escrito de los textos bíblicos comenzó a consolidarse con fuerza hacia el siglo VIII a.C. Durante este período, y de manera más intensiva tras el Exilio en Babilonia (586 a.C.), el pueblo judío inició el proceso de escriturar las tradiciones orales y las advertencias de los grandes profetas (como Isaías, Jeremías y Amós). Esto se hizo con el fin de preservar su identidad religiosa y cultural frente a las crisis políticas y la pérdida de la soberanía.
La Diáspora y la Helenización: La Septuaginta (S. III – II a.C.)
Las sucesivas invasiones de imperios extranjeros provocaron la dispersión masiva del pueblo judío por el entorno del Mar Mediterráneo, un fenómeno conocido como la Diáspora. Tras las conquistas de Alejandro Magno en el siglo IV a.C. se produjo la helenización del mundo mediterráneo. Como consecuencia, las comunidades judías de la diáspora adoptaron el griego koiné como lengua materna.
Para que estas comunidades pudieran seguir accediendo a las Escrituras, se realizó en Alejandría (Egipto) la traducción del hebreo y arameo al griego. Esta versión se conoce como la Septuaginta o Biblia de los Setenta (LXX). El nombre alude a la tradición de que fue traducida por setenta y dos sabios judíos. Esta colección incluía los libros que más tarde se denominarían deuterocanónicos (como Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y 1 y 2 Macabeos). Fue la versión de las Escrituras más difundida en el mundo grecorromano, la más utilizada por Jesús, el apóstol San Pablo y los cristianos primitivos, y la que provee la gran mayoría de las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento.
La Fijación del Canon Cristiano y la Vulgata (S. IV – V d.C.)
El canon de la Iglesia Católica, que consta de 73 libros (46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento), se definió a través de una serie de concilios regionales y decretos papales a finales del siglo IV.
El Papa San Dámaso I convocó el Sínodo de Roma en el año 382 d.C., donde se promulgó el Decreto de Dámaso, fijando formalmente la lista de los libros sagrados. Este canon fue ratificado posteriormente por los concilios africanos de Hipona (393 d.C.) y Cartago (397 d.C.). Para unificar el texto bíblico en Occidente, el Papa Dámaso encargó la traducción de la Biblia al latín a San Jerónimo de Estridón, un destacado Doctor de la Iglesia. San Jerónimo dedicó décadas a esta tarea en Belén, concluyendo a principios del siglo V la versión conocida como la Vulgata, la cual se convirtió en el texto oficial de la Iglesia Occidental por más de un milenio. En total, el proceso de redacción, compilación y canonización formal de la Biblia se extendió por más de 1200 años.
La Reforma Protestante y la Fragmentación del Canon (S. XVI)
En el siglo XVI, el estallido de la Reforma Protestante introdujo cambios fundamentales en la estructura de la Biblia. En su afán por cuestionar la autoridad doctrinal del Papa como sucesor de San Pedro y «roca» de la Iglesia, Martín Lutero, respaldado políticamente por los príncipes alemanes, tradujo la Biblia al alemán (1534).
Para el Antiguo Testamento, Lutero rechazó la versión griega de la Septuaginta y optó por el canon del judaísmo rabínico tardío (fijado hacia el siglo II d.C.), el cual constaba de 39 libros (agrupados tradicionalmente en 22 o 24 según el cómputo hebreo) y excluía los libros deuterocanónicos. Lutero relegó estos 7 libros a una sección de «Apócrifos» al final de su Biblia, argumentando que no eran iguales a las Sagradas Escrituras pero sí útiles para la lectura.
En el ámbito hispano, los reformadores Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera publicaron la célebre Biblia del Oso en septiembre de 1569 (en Basilea, Suiza) —llamada así por el emblema de un oso en su portada para evitar la censura—, la cual aún incluía los libros deuterocanónicos de forma integrada o agrupada. No obstante, en el siglo XIX, las Sociedades Bíblicas Unidas eliminaron definitivamente estos libros de sus impresiones de acuerdo a la teología protestante dominante, consolidando la Biblia de 66 libros que los protestantes usan hoy en día. Como respuesta a la Reforma, la Iglesia Católica dogmatizó y cerró de forma definitiva su canon de 73 libros en la Cuarta Sesión del Concilio de Trento (1546).
Septiembre: El Mes de la Biblia
A pesar de las diferencias doctrinales y de sus respectivos cánones, tanto las Iglesias de tradición católica como las comunidades Protestantes celebran a septiembre como el Mes de la Biblia, aunque por motivos históricos distintos:
- Para los católicos: Se conmemora el 30 de septiembre, fecha del fallecimiento de San Jerónimo (420 d.C.), el gran traductor de la Vulgata.
- Para los protestantes (y/o evangélicos): Se recuerda la publicación de la Biblia del Oso por Casiodoro de Reina el 26 de septiembre de 1569, hito fundamental de la llegada de las Escrituras en lengua castellana.
Celebrar el Mes de la Biblia no debiera limitarse a recordar fechas, traducciones o diferencias entre cánones. Su sentido más profundo consiste en renovar el encuentro personal y comunitario con Jesucristo, conocer con mayor hondura su Palabra y permanecer firmes en la fe recibida.
La Sagrada Escritura fue confiada a la Iglesia y ha sido leída, celebrada y transmitida en el seno de la comunidad creyente. Por eso, conviene acercarse a ella con perseverancia, oración y disposición para dejar que cada pasaje sea iluminado por el conjunto de la fe cristiana. Los versículos aislados de su contexto no deben convertirse en instrumentos para confundir, dividir o atacar la fe de otras personas; la Palabra de Dios está llamada a conducirnos a la verdad, la conversión, la caridad y la comunión.
Una ayuda concreta para iniciar o sostener este camino es el Evangelio cotidiano, que reúne las lecturas propuestas por la Iglesia para cada día del año litúrgico. Seguirlas permite recorrer de manera ordenada la historia de la salvación y meditar la Escritura a la luz de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. También nos une espiritualmente a millones de cristianos que, en distintas naciones, lenguas y culturas, escuchan y oran una misma Palabra. En esta comunión se manifiesta la universalidad —es decir, la catolicidad— de la Iglesia: un pueblo extendido por toda la tierra que permanece unido en una misma fe.
Leamos, entonces, la Biblia con humildad, constancia y espíritu de oración, acompañados por el Evangelio cotidiano y por la comunidad eclesial. Que cada página nos ayude a descubrir que Dios no nos abandona, fortalezca nuestra esperanza y nos haga crecer en el amor a Jesucristo y a su Iglesia. Y que María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, nos acompañe en este camino de escucha fiel de la Palabra de Dios.

