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Ciencia, empleo, biodiversidad e industria: el curioso caso del Congrio. Por la boca muere el pez

Por Carlo Mora, Abogado especialista en Derecho Medioambiental y Comunidades

Cuando el Presidente Kast, con esa soltura propia de quien confunde la opinión con el hecho, afirma que la investigación científica es poco más que un «libro precioso empastado» acumulando polvo en una biblioteca, revela un desdén peligroso por la investigación científica como herramienta del desarrollo.

El Presidente visitó la Región de Atacama para celebrar la promulgación de la Ley de Desalinización. La industria minera chilena, por necesidad y supervivencia, ha abrazado la ciencia desde hace mucho y en ese marco la ósmosis inversa no fue un capricho académico, sino el triunfo del método científico aplicado a una crisis material. El proceso desarrollado en la década del 50 con base en investigaciones previas que se venían estudiando desde el siglo XIX, se aplicó a la desalación por el ingeniero y científico estadounidense Sidney Loeb, diseñando la primera membrana de ósmosis inversa en 1960. Tales investigaciones no generaron mucho “empleo” en lo inmediato, pero el Estado Norteamericano, no expresó ningún reparo en que tanta investigación pudiera acabar en los anaqueles universitarios para financiarlos.

Una visión estrecha como la expuesta reiteradamente desde nuestro debutante Ejecutivo, recortando recursos en áreas tan sensibles para las sociedades modernas y desarrolladas como lo son las ciencias, innovación, medioambiente, facilita y promueve olvidar la otra cara de la moneda de estos avances tecnológicos consolidados: los potenciales impactos a la biodiversidad. Esta última vista como un adorno para ecologistas sentimentales que desearían un “hotel 5 estrellas para Chinchillas”, es el tejido que, al menos en el caso de la biodiversidad marina, sostiene la economía de miles de pescadores artesanales y sus familias, si lo que tanto preocupa es “el empleo”

Tomemos el caso del congrio colorado (Genypterus chilensis), una especie endémica del sureste del Océano Pacífico, de nuestras costas de la tercera y cuarta región, crucial para la pesca artesanal, aunque actualmente enfrentada a la sobreexplotación con capturas en etapas previas a la madurez sexual, debe sumar a sus riesgos como amenaza inminente las tomas de agua de las plantas desaladoras que hoy celebramos. Ya conocemos de situaciones recientes de captura de chungungos y aves en plantas desaladoras internas de otros desarrollos. Si succionamos los huevos y larvas del Genypterus chilensis aún en nombre del agua dulce, no solo estamos destruyendo un ecosistema; estamos destruyendo empleos, cultura y la seguridad alimentaria que provee la pesca artesanal.

Nuevamente será la investigación científica, la que permite proponer soluciones de mitigación: tomas de agua subsuperficiales, modelación oceanográfica, y el uso de tecnología acuícola modular e inteligencia artificial para el repoblamiento de la especie. Existen experiencias relevantes como el estudio genético poblacional realizado en la bahía de Los Vilos, que integró la colaboración de empresas mineras, pescadores y científicos nacionales, como antídoto contra esta retórica medioeval y de paso, aparece como salvación de otro patrimonio nacional, el caldillo nerudiano, si me empujan y nos ponemos poéticos, o en términos presidenciales, metafóricos.

El trabajo de investigación para el repoblamiento del congrio demuestra que la industria y la conservación pueden coexistir, pero solo si se invierte en el conocimiento necesario para gestionar el riesgo. El «empleo futuro» que desde Hacienda dicen defender a punta de tijeretazos fiscales solo es posible con más apuestas fiscales en innovación e investigación científica.

Sostener que la ciencia no genera empleo es un error de cálculo histórico. Detrás de cada avance en desalinización eficiente, de cada programa de repoblamiento de especies y de cada estrategia de mitigación ambiental, hay una cadena de valor que incluye ingenieros, biólogos, buzos artesanales y técnicos. La ciencia, señor Presidente, no es un libro que se guarda bajo llave. Es la llave que abre el futuro. Si se insiste en gobernar ignorando las advertencias de quienes estudian el ecosistema, terminará como aquel personaje de fábula: con la boca abierta, esperando el bocado que, por su propia ceguera, ya habrá condenado a la extinción. Por la boca, a veces, muere el pez; pero por la ignorancia, mueren las naciones.