Columna de Opinión: Todo es Show.
Por Pablo Zenteno, abogado y ex Director Nacional del Trabajo y Vanessa Carrasco, comunicadora social.
No es una anécdota. Es un síntoma cultural y político de época.
La imagen del presidente argentino subiéndose eufórico a un escenario para cantar durante el espectáculo de su expareja, aprovechando además la instancia para arremeter contra adversarios políticos, coincidió con un momento particularmente delicado: en paralelo, el Congreso tramita una reforma laboral de amplio impacto estructural.
La escena puede parecer excéntrica, incluso trivial. Pero no lo es. En política, los gestos comunican prioridades. Y cuando un jefe de Estado ocupa el centro del espectáculo mientras se discuten modificaciones profundas a los derechos laborales, la señal no es neutra.
Esta reflexión plantea una idea incómoda: vivimos en una cultura donde la política es consumida como espectáculo y donde la indignación muchas veces se transforma en mercancía. La desafección política no surge espontáneamente; se alimenta de la idea de que “todo es show”, de que nada cambia realmente, de que la democracia es apenas una puesta en escena.
Ese clima cultural es funcional. Cuando la ciudadanía internaliza que la política es solo performance, las decisiones estructurales pasan a segundo plano.
La reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei no es un gesto simbólico. Busca alterar aspectos centrales del sistema de relaciones laborales: flexibilización, redefinición de responsabilidades empresariales, debilitamiento de herramientas sindicales. No es un ajuste técnico menor. Es una reconfiguración del equilibrio entre capital y trabajo.
Mientras el Senado debate normas que pueden incidir en la estabilidad del empleo, en la capacidad de negociación colectiva y en los mecanismos de protección frente al despido, el Presidente ocupa la conversación pública desde el espectáculo. La política convertida en escena.
Aquí se cruza el análisis cultural con el análisis institucional. La cultura contemporánea tiende a absorber la crítica, convertirla en tendencia y neutralizarla mediante el consumo. Pero cuando es el propio poder político el que adopta deliberadamente la lógica del espectáculo, la frontera se desdibuja aún más.
El riesgo no es estético. Es democrático.
En América Latina, los derechos laborales no fueron concesiones graciosas; fueron resultado de décadas de organización y conflicto social. Cada modificación legal tiene consecuencias materiales: en el salario, en la estabilidad, en la posibilidad de sindicalización, en la protección frente a abusos. Cuando esos debates quedan eclipsados por escenas virales, la deliberación pública se empobrece.
No se trata de cuestionar el arte ni la cultura popular. Se trata de advertir que el espectáculo, cuando es utilizado desde el poder político en momentos legislativos sensibles, funciona también como desplazamiento de atención. Se discute la performance, se analiza el gesto, se comparte el video; mientras tanto, el articulado avanza.
La desafección política no es solo apatía ciudadana. También es el resultado de una política que se presenta como entretenimiento. Si todo es show, nada parece decisivo. Y si nada parece decisivo, las reformas estructurales transitan con menor escrutinio.
El problema no es que un presidente cante. El problema es que mientras canta, se redefinen garantías laborales construidas durante décadas.
El espectáculo termina cuando se apagan las luces. La reforma laboral, en cambio, permanece en la ley y en la vida de millones de trabajadores.
Y esa diferencia no es cultural. Es histórica.

