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Fe, tradición y comunidad marcan la Bendición de los Niños en honor a la Virgen Candelaria

Con un ambiente de recogimiento, alegría y profunda fe, cientos de familias se congregaron para participar en el Día de la Bendición de los Niños, una de las celebraciones más significativas en el marco de las festividades en honor a la Virgen Candelaria. Padres, madres, abuelos y abuelas llegaron junto a sus hijos y nietos para pedir la bendición del Señor, en una jornada que también acogió a jóvenes, adolescentes y personas enfermas que esperan con esperanza el resultado de exámenes médicos o la fortaleza para enfrentar momentos difíciles.

El obispo Ricardo Morales destacó el valor espiritual y humano de este encuentro, subrayando que se trata de “un bonito momento, de mucha alegría”, vivido a los pies de la Virgen, donde la fe se manifiesta de forma sencilla y profunda. “Es una oportunidad para que el Señor bendiga a todos, especialmente a los niños y a quienes atraviesan situaciones de enfermedad”, señaló.

Uno de los signos más significativos de la celebración fue la bendición con agua, un gesto cargado de simbolismo, especialmente en la región de Atacama. “El agua siempre es signo de vida y en el norte vale más que el oro”, expresó el obispo, recordando además su relación directa con el bautismo y la acción del Espíritu Santo. Según explicó, el agua representa la gracia de Dios que purifica, limpia y renueva, convirtiéndose en un signo profundo y cercano para los fieles.

Durante su mensaje, el obispo Morales insistió en una idea central dirigida especialmente a los niños: recibir la bendición es saber que hay un Dios que cuida y una Madre que protege. En el contexto de la celebración de la Virgen Candelaria, recordó que ella entrega a su Hijo Jesús, quien bendice y acompaña la vida de cada persona.

Asimismo, hizo un llamado claro a los padres y madres a no privar a sus hijos de las experiencias de fe que ofrece la Iglesia. “La responsabilidad de los padres no es solo educar intelectualmente o cuidar lo material, sino también entregar el don de la fe”, afirmó, destacando la importancia de las bendiciones, los sacramentales y la participación en la Eucaristía como parte fundamental de la formación integral.

La jornada estuvo marcada también por el recuerdo de la multitudinaria procesión nocturna y el saludo a la Virgen a la medianoche, momentos que reunieron a miles de personas en un ambiente festivo y fraterno. Para el obispo, estas instancias reflejan que la fe no se vive en soledad, sino en comunidad. “Es la comunidad la que saluda a la Virgen, la que canta unida; ninguna voz sobresale sobre otra”, destacó.

Este sentido comunitario, explicó, fortalece la identidad del pueblo y de la diócesis de Atacama, recordando que, más allá de las diferencias, la fe y el amor a la Virgen son un factor de unidad profunda.

Uno de los mensajes más potentes de la celebración fue el simbolismo de la luz. En un contexto marcado por la violencia, la delincuencia, la droga, la guerra y el dolor, el obispo recordó que la luz de Cristo siempre vence a las tinieblas. “Por muy oscura que sea la noche, siempre está la luz de Cristo como signo de esperanza y de vida”, afirmó.

Las velas encendidas durante la procesión fueron un signo visible de esta convicción: la muerte no tiene la última palabra, sino el Señor. Un mensaje de consuelo y esperanza para quienes cargan dolor, pérdidas o enfermedades, y una invitación a confiar plenamente en Dios.

La celebración concluyó con un llamado a seguir viviendo estos días con alegría y fe, participando de la novena y la Eucaristía, y renovando, una vez más, el compromiso de caminar como pueblo unido de la mano de la Virgen, como discípulos y discípulas de Jesucristo.