Tulum, el paraíso que resiste
Por unas horas, antes de que el calor toque la arena, Tulum despierta en silencio. La playa parece intacta, la brisa es limpia y el azul del Caribe se estira sin interrupción. Pero basta caminar unos metros para encontrar la evidencia de un año difícil: montones de sargazo que se amontonan y que han obligado a los trabajadores municipales a salir con palas, carretillas y hasta el gesto cansado de quien sabe que la batalla será diaria.
Este junio, recogieron 1.900 toneladas de alga, más de lo que se recolectó en todo 2024. Lo dicen las cifras y lo dicen los ojos de quienes viven del turismo: este 2025 ha sido la mayor llegada de sargazo desde 2018. Cada pala que se hunde en la arena parece una forma de defender el paraíso.
Los hoteleros repasan listas, ocupaciones y reservaciones con cautela. En el verano, la ocupación apenas superó el 53 %, y en septiembre cayó hasta 48 %. El silencio en algunos hoteles boutique se siente más profundo de lo habitual.
David Ortiz Mena, presidente de la Asociación de Hoteles, habla con una mezcla de preocupación y esperanza:
“Tulum sigue siendo un gran destino. Lo malo se destaca mucho y lo bueno cuesta transmitirlo”, dice. Y uno siente que no se refiere solo al turismo.
Porque el turista que falta tiene nombre y pasaporte: el estadounidense, que representa el 60 % de los visitantes.
Este año, la economía de su país les puso pausa a sus planes: inflación, tasas de interés inciertas y un cierre gubernamental de 43 días que dejó a miles sin salario. “El ciudadano estadounidense cuida el recurso”, afirma el regidor Eliazar Mas Kinil. “No se mueve hasta saber lo que viene”.
Pero, como todo en esta crónica, hay matices: a finales de octubre, la ocupación empezó a subir —59 %, luego 63 %, hasta alcanzar 69 %— como si Tulum tuviera una segunda respiración anual.
En marzo, un disparo seco rompió el mito de calma: el secretario de Seguridad municipal, José Roberto Rodríguez Bautista, fue asesinado. La noticia corrió rápido por WhatsApp, por pasillos hoteleros, por agencias de viaje.
La respuesta del Departamento de Estado de EE.UU. fue mantener a Quintana Roo en nivel 2 de alerta: viajar sí, pero con precaución. “Evitar zonas poco transitadas, tener cuidado de noche, mantenerse en áreas turísticas”.
La advertencia no se ve, pero se siente: en la forma en que algunos turistas miran alrededor, en cómo guardan el teléfono al caminar.
Después de la pandemia, Tulum vivió algo parecido a la fiebre del oro.
Llegaron inversiones, llegaron vuelos, llegó el Tren Maya, un aeropuerto nuevo, hostales, hoteles, beach clubs, restaurantes, ruinas iluminadas.
Llegó todo menos la regulación.
El especialista Hazael Cerón lo resume con una frase:
“Vimos la canasta de los huevos de oro y quisimos exprimirla”.
Hoy, un coco puede costar 200 pesos, un taxi puede cobrar lo que quiere y el acceso a ciertas playas se complica bajo argumentos ecológicos o administrativos.
Mas Kinil lo reconoce:
“Tenemos que reflexionar… debemos dar una mejor atención al turista para que regrese”.
Habla de reglas claras, de recuperar confianza, de explicar por qué el Parque del Jaguar tiene ciertas restricciones y por qué la protección ambiental no debe interpretarse como privatización del mar.
Tulum no será sede de partidos, pero sí podría convertirse en base de descanso para miles de viajeros que recorrerán Norteamérica ese verano.
Hay 10.800 cuartos de hotel, desde hostales de 20 dólares hasta suites de lujo frente al mar.
Ortiz Mena cree que el Caribe mexicano podría recibir un millón de visitantes extra durante esas semanas.
Y uno imagina el movimiento: mochileros, familias, influencers, surfistas, recién casados, todos buscando ese Tulum de playas abiertas y noches tibias.
Tulum está en un punto en que el futuro depende de decisiones que aún no se han tomado.
¿Será un destino que se planifica o que reacciona?
¿Un paraíso preservado o un recurso agotado?
Por ahora, el amanecer sigue siendo hermoso.
Los turistas siguen llegando.
Los trabajadores siguen limpiando sargazo.
Los hoteleros siguen esperando.
Y el mar —ese mar turquesa que sostiene toda esta historia— sigue rompiendo en la orilla, como si quisiera recordarle a Tulum que su belleza es un regalo… pero también una responsabilidad.

