Atacama y las brechas de género: que su riqueza llegue también a las mujeres trabajadoras
Pablo Zenteno Muñoz.
Abogado Laboralista y Ex Director Nacional del Trabajo.
Atacama es una región que sostiene una parte esencial del desarrollo económico del país. Su mercado laboral es más dinámico que el promedio nacional: la participación alcanza el 65,5% y la ocupación el 59,4%, cifras que superan con holgura al país. Aquí se trabaja más, se empuja más y se produce más. Sin embargo, este dinamismo convive con una realidad silenciosa pero persistente: las brechas de género son más profundas que en el resto de Chile, y las mujeres enfrentan mayores dificultades para acceder, mantenerse y prosperar en el trabajo.
A nivel nacional, el panorama ya es complejo. Mientras el 71,3% de los hombres participa en el mercado laboral, solo lo hace el 52,8% de las mujeres. Una de cada dos chilenas en edad de trabajar permanece fuera del empleo remunerado. El desempleo femenino también es más elevado (9,3% versus 8% en hombres) y un 38% de las mujeres se declara inactiva de manera habitual, en gran parte por las labores de cuidado que continúan recayendo sobre ellas. Esto confirma que la desigualdad laboral de género en Chile no es un fenómeno coyuntural, sino estructural.
En Atacama, estas brechas se intensifican. Aunque la región muestra cifras de actividad superiores a las nacionales, la participación femenina alcanza solo el 49,3%, bastante por debajo de los hombres (54,9%) y del promedio femenino país. Además, el desempleo femenino llega al 10,4%, superando tanto la media nacional como la desocupación masculina regional. Es decir: incluso en un territorio donde el empleo avanza, las mujeres encuentran más barreras para ingresar y permanecer en el mercado laboral.
A esto se suma una característica que revela la vulnerabilidad del empleo regional: el 89% de quienes están desocupados son cesantes, no buscadores primerizos. La rotación laboral es altísima, impulsada por los ciclos de la minería, la construcción y los servicios asociados. En estos sectores, los proyectos se abren y cierran según los precios internacionales y las decisiones de inversión. Los empleos fluctúan y esa inestabilidad golpea especialmente a las mujeres, que suelen insertarse en trabajos menos protegidos y peor remunerados.
El corazón del problema es la estructura económica regional. Atacama es una de las regiones más masculinizadas del país en su composición productiva. La minería, motor clave de empleo y salario, registra entre 17% y 19% de participación femenina a nivel nacional según datos 2024.
La construcción, otro sector intensivo, registraba 1,7% de participación femenina según cifras antiguas de INE (2021), última cifra disponible al respecto.
Esto no es casual: se trata de sectores con turnos extensos, faenas alejadas de centros urbanos y horarios incompatibles con las responsabilidades de cuidado que la sociedad sigue asignando mayoritariamente a las mujeres. La falta de redes de cuidado suficientes (salas cuna, jardines integrados y apoyo estatal o comunitario) hace que muchas mujeres ni siquiera puedan considerar ingresar a estos rubros.
La consecuencia es evidente. Las mujeres se concentran en sectores que históricamente pagan menos y ofrecen menor estabilidad, como comercio y servicios. Y así se reproduce la desigualdad más dura: la brecha salarial. A nivel nacional, las mujeres ganan un 24,4% menos que los hombres. En Atacama, esa brecha llega al 30,5%, una de las más altas del país. No es un dato aislado: es el reflejo directo de un mercado laboral donde las mujeres están fuera de los sectores que mejor remuneran.
Si como región queremos avanzar hacia un desarrollo verdaderamente justo, inclusivo y sostenible, debemos asumir estas desigualdades como un problema estructural y urgente. Atacama no puede seguir siendo una región que trabaja más, pero sin todas. La igualdad no llegará por inercia: exige políticas de corresponsabilidad efectivas, formación con pertinencia territorial, acceso real de las mujeres a los sectores estratégicos y obligaciones para generar condiciones de empleo y trabajo decente como condiciones base de nuestra sociedad.
Medidas como un sistema de sala cuna universal, el fortalecimiento del trabajo decente con empleos de calidad, y leyes que impulsan la conciliación entre la vida laboral y personal, no son simples complementos: son los cimientos para transformar las condiciones que hoy excluyen a miles de mujeres. Solo así podremos corregir brechas históricas, aprovechar el talento femenino que la región hoy está perdiendo y avanzar hacia un modelo de desarrollo donde las mujeres no queden fuera del tremendo aporte que surge desde Atacama.

