Del buen salvaje al lobo urbano : Por Antonio Alfaro Rivera
El regreso a la selva
¿Hubo un tiempo en que el hombre no conoció el miedo? La pregunta atraviesa siglos de historia y aún hoy parece no tener respuesta definitiva. Desde que nuestros ancestros bajaron de los árboles, abandonando las ramas que los protegían y el follaje que les ofrecía refugio, el miedo se instaló como compañero inseparable. En el mismo instante en que se erguían sobre sus extremidades y oteaban el horizonte, nació la sensación de lo desconocido. Los rugidos de los depredadores parecían más cercanos, el aire traía aromas extraños y la ansiedad se apoderaba del cuerpo. Sin embargo, fue la curiosidad la que venció al temor: aquella chispa innata que empujó al ser humano a conquistar espacios, arriesgándose a enfrentar lo incierto.
Esa curiosidad nos transformó. Nos llevó de carroñeros a cazadores, y luego a dominadores de vastos territorios. El hombre, el más vulnerable de los animales en la sabana, se convirtió en el depredador más formidable del planeta. Pero ese triunfo trajo consigo nuevos dilemas. Porque con la capacidad de dominar también surgió la necesidad de protegerse no solo de la naturaleza, sino de sus semejantes. Esa contradicción fue el germen de sociedades complejas, donde el miedo convivía con la esperanza y la violencia con la cooperación. Es allí donde nacieron los mitos y las primeras formas de organización, porque el ser humano entendió que, para sobrevivir, necesitaba tanto defenderse como unirse.
El engaño del Neolítico
Muchos siglos después, lo que conocemos como la revolución neolítica cambió el rumbo de nuestra especie. El descubrimiento de la agricultura y la ganadería, que parecían un avance indiscutible, fue interpretado por algunos como un engaño histórico. Jared Diamond, en 1987, planteó la teoría de que al sedentarizarnos, fundar aldeas y ciudades, abrimos la puerta al hacinamiento, la basura y las enfermedades. Fue el inicio de la propiedad privada, y con ella nacieron la envidia y el egoísmo.
La domesticación de animales no solo significó alimentos más seguros, también transmitió virus y bacterias que encontraron en los humanos huéspedes perfectos para desarrollarse. Muchas de esas enfermedades permanecieron latentes, esperando generaciones para manifestarse con fuerza. Así, lo que se presentó como progreso fue también vulnerabilidad. Al mismo tiempo, esa revolución nos permitió inventar nuevas herramientas, arte y escritura. La paradoja se hizo evidente: ganamos estabilidad pero perdimos libertad. Mientras el grano almacenado garantizaba comida para el invierno, también ataba a los hombres a la tierra, y la tierra comenzó a dividirse, generando poder y desigualdad.
Murallas que dividen
La historia de las ciudades es también la historia de las murallas. La Biblia nos cuenta que Jericó levantó muros de 3,6 metros. Con el tiempo, las murallas crecieron hasta convertirse en fortalezas medievales. Pero esas construcciones no estaban pensadas para contener a los depredadores salvajes ni para resistir catástrofes naturales. Se levantaron para defenderse de otros hombres.
Ese fue, y sigue siendo, el gran enemigo: el semejante convertido en amenaza. Aquellos que, en lugar de ver iguales, ven botín. Con la Edad Media, los castillos feudales alcanzaron el paroxismo de la defensa y el encierro. La desconfianza marcó la vida cotidiana. Y aunque el tiempo ha pasado, ese miedo no ha desaparecido. Hoy, en nuestras ciudades modernas, resurge disfrazado de inseguridad y delincuencia. En el fondo, seguimos rodeándonos de barreras: muros, rejas, sistemas de vigilancia, contraseñas digitales. Las murallas de piedra se transformaron en muros invisibles de desconfianza y exclusión.
La ciudad como prisión
En el presente, los papeles parecen haberse invertido. Ya no son los delincuentes quienes se ocultan, sino los ciudadanos honestos quienes transforman sus hogares en fortalezas. Rejas, alarmas y cámaras se multiplican como una nueva muralla doméstica. Al comienzo era una protección nocturna, ahora es permanente: veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Vivimos en prisiones invisibles, presidiarios inocentes dentro de nuestras propias casas.
La violencia se adueña de las calles, especialmente al caer la noche. El respeto al prójimo se pierde bajo el peso de la avaricia, la adicción y la cosificación del otro. Para algunos, las personas ya no son semejantes, sino objetos despojados de humanidad. El crimen organizado, los oportunistas y los grupos violentos marcan la agenda, mientras las autoridades parecen ir siempre diez pasos detrás. Se crean zonas vedadas, barrios que cambian de identidad en pocos años, y la ciudad se fragmenta en pequeños feudos. El miedo no solo cambia rutinas, también altera el paisaje urbano.
La sensación de haber vuelto a la ley de la selva no es exagerada. La selva urbana se rige por la fuerza, por la amenaza constante, por el miedo que atraviesa barrios enteros. Y el ciudadano común, lejos de ser cobarde, se encuentra paralizado en la esperanza de que el Estado recupere el control, en ese pacto social que parece cada vez más lejano. Sin embargo, la gente no deja de buscar formas de adaptación: desde grupos de vigilancia vecinal hasta aplicaciones que alertan sobre delitos en tiempo real. Todo un ecosistema moderno de autoprotección.
Hobbes vs. Rousseau
Desde la filosofía, la discusión sobre la naturaleza humana se abrió hace siglos. Thomas Hobbes, en su obra El Leviatán del siglo XVII, popularizó la frase latina homo homini lupus: “el hombre es un lobo para el hombre”. Para Hobbes, el estado natural del hombre lo empuja a una lucha constante contra su prójimo, siendo capaz de atrocidades inimaginables. La frase, tomada de Plauto, se convirtió en metáfora de la brutalidad que llevamos dentro.
Jean Jacques Rousseau, en contraste, defendió la idea del “buen salvaje”. Para él, el hombre nace bueno y libre, pero el mundo lo corrompe. El problema no está en la naturaleza humana, sino en la sociedad. Sin embargo, la historia parece inclinar la balanza a favor de Hobbes. Los conflictos, guerras y violencias urbanas nos muestran que no siempre somos inocentes por naturaleza. Y, sin embargo, en medio de tanta oscuridad, surge otra verdad: también somos capaces de crear belleza, cultivar artes, amar y soñar con un futuro mejor. Esa dualidad es nuestra esencia: somos lobos y ángeles al mismo tiempo. En nuestras manos está decidir qué faceta alimentar.
El pacto social roto
El contrato social, como lo llamó Rousseau, fue la esperanza de que la convivencia pudiera sostenerse bajo normas compartidas. Un acuerdo implícito en el que todos renuncian a parte de su libertad para vivir en comunidad. Pero hoy, ese contrato parece haber sido violado o incumplido. Tal vez porque no pudimos mantenerlo, o porque, en muchos casos, no quisimos. Quizás porque olvidamos que un pacto no es eterno, que necesita ser renovado y reforzado constantemente.
Las grandes urbes del mundo muestran barrios y comunas tomadas por el crimen. Ciudades medianas y pequeñas empiezan a imitar el modelo, como una enfermedad que se expande sin control. Solo algunos pueblos pequeños, donde todos se conocen, parecen resistir todavía. Allí, la familiaridad funciona como antídoto contra la desconfianza. Pero la amenaza avanza, y no hay garantías de que permanezcan inmunes. Internet y las redes sociales también han erosionado ese pacto, trasladando la violencia a lo digital: acoso, estafas y discursos de odio. La selva ya no está solo afuera, también habita en las pantallas.
Historias de encierro cotidiano
Hoy basta con caminar por cualquier ciudad latinoamericana para confirmar estas sensaciones. Los niños ya no juegan libremente en las calles. Los padres deben acompañarlos a la esquina. Los ancianos evitan salir de noche. En los edificios, las rejas sustituyen a los jardines, y el saludo entre vecinos se convierte en mirada esquiva. Las alarmas son parte del paisaje sonoro cotidiano. Y cada nuevo caso policial refuerza la percepción de que el miedo es el verdadero gobernante.
No se trata solo de estadísticas ni de titulares de prensa. Se trata de vidas marcadas por la desconfianza. Familias que deciden mudarse, barrios que se vacían, centros históricos que se degradan porque la violencia los reclama como territorio. El círculo se repite: donde reina el miedo, crece el abandono; y donde crece el abandono, se instala más violencia. En algunos lugares surgen testimonios conmovedores: vecinos que organizan ferias para recuperar plazas, madres que pintan murales para contrarrestar el miedo de sus hijos, comunidades que encuentran en la cultura una forma de resistencia.
Entre la destrucción y la esperanza
El hombre, ese animal contradictorio, es capaz de arrasar con su entorno y con sus semejantes. Pero también tiene la capacidad de reinventarse. Allí donde el miedo florece, también nacen iniciativas comunitarias, gestos de solidaridad y esfuerzos por recuperar la confianza perdida. Asociaciones de vecinos, proyectos culturales y colectivos sociales intentan reconstruir lo que el crimen fragmenta. Aunque pequeños, son recordatorios de que no todo está perdido. Y cada historia, por mínima que parezca, suma a una red de resistencia invisible.
La historia de la humanidad es un péndulo entre destrucción y creación, entre egoísmo y solidaridad. La pregunta que queda abierta es si estamos dispuestos a inclinar la balanza hacia lo que nos eleva como especie, o si dejaremos que el miedo nos devore desde dentro. La esperanza se construye en actos sencillos: un saludo, un abrazo, un gesto de confianza. Tal vez allí radique la semilla de un futuro distinto.
Hacia un nuevo contrato
El desafío de nuestro tiempo es rehacer el pacto social. No basta con recordar la teoría; hay que actualizarla, adaptarla a un mundo donde la violencia ya no proviene de depredadores animales, sino de nuestras propias sombras. Se necesita un contrato nuevo que incluya lo que el anterior omitió: justicia más equitativa, seguridad real y participación ciudadana genuina. Ese contrato debe considerar también la dimensión tecnológica, ambiental y cultural de nuestras sociedades modernas.
La selva a la que hemos regresado no es de árboles ni fieras, sino de cemento y miedo. Pero así como nuestros ancestros descendieron de las ramas para conquistar horizontes desconocidos, nosotros podemos atrevernos a imaginar un futuro distinto. Uno donde la confianza se reconstruya, donde la vida comunitaria vuelva a florecer y donde las murallas, visibles e invisibles, puedan caer. Quizás ese futuro se empiece a gestar en las escuelas, en los barrios, en los espacios públicos recuperados.
Quizás la respuesta no esté en volver al pasado, sino en reinventar el presente. Porque si algo ha demostrado la historia es que, aunque el hombre sea un lobo para el hombre, también puede ser su mayor aliado. Y tal vez, en esa paradoja, se encuentre la esperanza que aún nos queda.

