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El Dieciocho: entre mito, asado y memoria

Antonio Alfaro Rivera

  1. El amanecer de una Junta

El 18 de septiembre de 1810 amaneció distinto en Santiago. Esa mañana, en un ambiente de expectación, más de 400 hombres —criollos, hacendados, comerciantes y autoridades— se reunieron en el Cabildo Abierto convocado por Mateo de Toro y Zambrano. El viejo brigadier, conmovido, entregó el bastón de mando y pronunció la frase que marcaría la historia: “Aquí está el bastón del mando, disponed de él y del mando”. Así nació la Primera Junta Nacional de Gobierno, no como declaración formal de independencia, sino como un gesto de autonomía frente a una España debilitada por la invasión napoleónica.

Ese día no fue todavía el grito de libertad absoluta, pero sí el primer paso. Los vecinos de Santiago, y con ellos gran parte del territorio, empezaron a reconocerse bajo un gobierno propio, aunque aún juraban lealtad a un monarca lejano. Fue la chispa de un proceso que luego se encendería en los años siguientes con el Congreso, las ideas separatistas y la irrupción de figuras como José Miguel Carrera.

Los testimonios de la época cuentan que en ese cabildo había una mezcla de solemnidad y miedo. Muchos de los presentes sabían que estaban caminando por un filo: proclamaban una autonomía que podía ser interpretada como traición por la corona española. Sin embargo, el contexto internacional abría la puerta. En Europa, Napoleón había desatado un terremoto político al poner a su hermano en el trono español, debilitando así la legitimidad de la monarquía. En América, los criollos veían en esa fractura una oportunidad de ensayar sus propios caminos.

El 18 de septiembre, entonces, fue menos un acto de rebeldía absoluta y más un acto de prudente audacia. Una jugada que abría la posibilidad de pensarse distintos, aunque todavía bajo la sombra del rey. Esa ambigüedad lo vuelve fascinante: no fue independencia, pero sí un despertar. Fue la semilla de un proceso mucho más largo y complejo, que a lo largo de la década siguiente atravesó avances, retrocesos y guerras fratricidas que acabarían forjando la república.

Los ecos de aquel día resonaron en las provincias, donde la noticia corrió con rapidez, generando adhesión y desconfianza a partes iguales. Para algunos era el comienzo de una patria autónoma; para otros, apenas una maniobra administrativa para esperar el regreso de Fernando VII. La historia se encargó de demostrar que, en realidad, era el inicio de algo mucho más profundo: un proceso de transformación cultural, política y social que daría nacimiento a Chile.

  1. La búsqueda de una fecha

Curiosamente, el 18 de septiembre nunca fue la fecha original de nuestra independencia. El 12 de febrero de 1818 se firmó la declaración que selló formalmente el quiebre con España, y durante un tiempo esa jornada fue conmemorada como corresponde. Incluso hubo años en que convivieron tres celebraciones: el 12 de febrero, el 5 de abril con la batalla de Maipú y el 18 de septiembre con la Junta. Tres fechas que pretendían recordar un mismo proceso, pero que fragmentaban la memoria nacional y dificultaban el establecimiento de un símbolo único.

Sin embargo, el 12 de febrero pronto perdió fuerza. No era un buen mes para las celebraciones: coincidía con cosechas, trillas y vendimias, cuando la vida del campo chileno estaba en pleno movimiento. Resultaba impensado detener el trabajo en una sociedad que dependía casi enteramente de la agricultura. Además, el calor del verano alejaba a las familias pudientes de la ciudad, restando público a los actos oficiales. Las calles vacías no eran escenario para fiestas patrias.

La élite política tampoco quería que la conmemoración se confundiera con los carnavales populares que florecían en febrero. Esos carnavales, vistos como desordenados y licenciosos, contrastaban con la solemnidad que las élites querían imprimir a la independencia. La Iglesia Católica sumó otro obstáculo: celebraciones como las de abril, cercanas a Semana Santa, eran incompatibles con el calendario litúrgico. De pronto, la independencia parecía no tener un día adecuado, lo que reforzaba la necesidad de encontrar una fecha consensuada.

Fue entonces cuando el 18 de septiembre se alzó como opción. No era la fecha correcta, pero era políticamente neutra. Representaba un inicio, un primer gobierno propio, y no estaba cargada de la figura de ningún líder en particular, lo que evitaba disputas en una sociedad marcada por rivalidades. En 1837, Diego Portales selló la decisión con un decreto: el 18 sería el día oficial de las fiestas patrias, y el 19, el Día de las Glorias del Ejército. Así, se unieron lo político, lo militar y lo popular en una misma trilogía de celebraciones.

La paradoja quedó instalada: festejamos la independencia en una fecha que no corresponde, pero que logró sobrevivir gracias a su practicidad y a la capacidad de concitar consenso. La historia, a veces, la deciden menos los grandes discursos que las necesidades cotidianas. En ese cruce entre lo práctico y lo simbólico, se consolidó una tradición que llega hasta nuestros días.

  1. La fiesta del pueblo

Con el tiempo, el 18 de septiembre dejó de ser solo un recordatorio de un hito histórico para transformarse en un fenómeno cultural. Fue en las calles, en las plazas y en las fondas donde la fiesta adquirió identidad propia. Allí, el pueblo hizo suyo lo que en un principio había sido una decisión política.

Las fondas y ramadas, que antes podían abrir todo el año, se concentraron en esos días gracias a la regulación de alcoholes. Pero esa restricción no restó fuerza: al contrario, convirtió el 18 en un momento único, esperado con ansias. Comer y beber se transformaron en ritual de identidad. La empanada de horno con pino, caldúa y caliente, se convirtió en la reina de la mesa, acompañada por asados que reunían a familias y vecinos, cazuelas que calentaban la madrugada y postres que evocaban las recetas de la abuela. Las comidas se transformaron en relatos vivos de la memoria culinaria, donde cada bocado parecía contar la historia de generaciones.

Los cielos se llenaron de volantines, no como simples juguetes, sino como símbolos de sueños y competencias. Cada hilo que se cortaba representaba una mezcla de tristeza y emoción, porque en ese juego estaba la metáfora de la libertad: volar hasta que el viento decidiera el destino. La cueca, en tanto, se convirtió en baile de patios, plazas y escenarios. Pícara, solemne o teatral, siempre reconocible, siempre nuestra. A través de ella, hombres y mujeres representaban la historia de la conquista amorosa, del encuentro y del orgullo campesino.

Los juegos tradicionales también tuvieron su espacio: la rayuela, el palo ensebado, la carrera de sacos o el atrapa al chanchito. Juegos que unían generaciones, permitiendo que abuelos y nietos compartieran una misma experiencia, un mismo código de celebración. En las ramadas, los nombres ingeniosos de los locales reflejaban el humor popular, y en los escenarios se mezclaban artistas profesionales y amateurs, cada uno buscando diferenciarse y aportar su sello. La música, desde la guitarra campesina hasta las bandas militares, generaba un ambiente único de fusión entre lo formal y lo popular.

El terremoto, ese trago tan chileno que mezcla pipeño, helado de piña y granadina, se convirtió en metáfora líquida de nuestra identidad: dulce y potente, destructivo y alegre, como la propia historia del país. Y junto a él, la chicha y los vinos completaban el ritual de los brindis. Cada vaso alzado parecía recordar que, aunque celebramos en una fecha “equivocada”, la verdadera independencia se vive en la alegría compartida.

Todo esto bajo la sombra de la bandera, que en Chile tiene un valor particular. No es un adorno: es un símbolo regulado, respetado y transmitido de generación en generación. En las fiestas patrias, la bandera ondea en mástiles, balcones y ventanas, recordándonos que la identidad se teje también en gestos cotidianos. Cada niño que aprende a doblarla, cada familia que la iza con respeto, fortalece ese pacto simbólico con la nación.

La fiesta, además, adquirió matices regionales. En el norte, el desierto aportó su propio colorido con carnavales y tradiciones andinas que se mezclaron con el espíritu dieciochero. En el sur, la lluvia y el frío dieron lugar a celebraciones bajo techo, donde la madera crujía y el calor de la leña acompañaba las cuecas. Así, el 18 no solo fue una fiesta nacional, sino también una mosaico diverso de identidades locales.

  1. La paradoja de celebrar lo incorrecto

Celebramos nuestra independencia en un día que no corresponde, y esa es la gran paradoja. El 12 de febrero, cargado de hitos fundacionales, quedó relegado, mientras el 18 se transformó en símbolo de unidad y fiesta popular. Esa elección, más práctica que exacta, revela que lo importante no es la fecha precisa, sino la fuerza de los símbolos que nos reúnen.

El Dieciocho se convirtió en un espejo de identidad donde caben la solemnidad y el jolgorio, la historia y el presente. Es la cita en la que convergen los recuerdos patrióticos, las tradiciones familiares y la emoción colectiva. Cada año, cuando encendemos la parrilla, remontamos un volantín o bailamos cueca, reafirmamos que somos más que una fecha: somos una comunidad que transforma la memoria en celebración y la historia en cultura viva.

En esa paradoja radica la esencia del Dieciocho: festejamos lo incorrecto, pero lo hacemos con tal pasión que lo volvemos verdadero. Esa fuerza es la que convierte una aparente incongruencia en un ritual nacional que nos recuerda, año tras año, que la identidad se forja tanto en los hechos históricos como en las costumbres que elegimos mantener vivas.